Showing posts with label Semana del Terror de San Sebastián. Show all posts
Showing posts with label Semana del Terror de San Sebastián. Show all posts

Tuesday, October 4, 2011

The Clinic


Valoración: 5/10

James Rabbitts firma el guión y la dirección de la producción australiana “The Clinic”,  un thriller ambientado en los 70.

Su argumento nos narra cómo una pareja de novios (Beth y Cameron) se halla de viaje para visitar a los padres de ella, que se encuentra embarazada. Cae la noche, llega el cansancio, y con él, la consabida parada en un motel de carretera para descansar. Amanece, Cameron está solo en la cama del motel. Amanece, Beth, está sola en un inquietante lugar desconocido y en su vientre, una inmensa cicatriz. Comienza la carrera, él por encontrar a su amada y su hijo nonato, ella, por la supervivencia.

“The Clinic”, pese a cumplir su función de vehículo de entretenimiento, y jugar a su favor las siempre impresionantes localizaciones de los páramos australianos, así como las de la “clínica” que le da título, está demasiado plagada de lugares comunes, tópicos del género y recursos que nos traen a la memoria innumerables producciones anteriores.
Todo ello le confiere un sabor de “ya visto” y de nula aportación al género. Ni siquiera las interpretaciones de sus protagonistas, la sufridora Tabrett Bethell en el papel de Beth o el malogrado actor Andy Whitfield (“Spartacus: Sangre y Arena”) como su desesperado consorte consiguen implicar al espectador, víctimas, quizás, de un guión demasiado pobre, que no trabaja el lado más humano de los personajes y evita la empatía de aquellos que se embarcan en esta aventura desde las butacas.

Es con todo ello esta película un producto, pese a que se aleja de toda innovación o aporte al mundo del celuloide además de no conseguir esa buscada inquietud en el espectador,  que entretiene al espectador  pero que no generará poso alguno en su memoria cinéfila.  Aceptable pero prescindible.  

- Enoch - 

Friday, September 30, 2011

YellowBrickRoad

Valoración: 4/10


Jesse Holland y Andy Mitton dirigen y firman el guión  de este film de terror con aspiraciones pseudos-filosóficas…

“YellowBrickRoad”, nos ubica en Friar New Hampshire, una población donde, en 1940,  todos sus habitantes se reunieron para partir caminando por un sendero que se internaba en lo más profundo de los bosques adyacentes al pueblo. No se llevaron nada, ni dinero, ni pertenecia alguna, incluso sus mascotas quedaron abandonadas… y jamás regresaron. Grupos de búsqueda hallaron cientos de cadáveres, unos habían perecido de frío, otros habían sido claramente torturados y asesinados… y otros tantos permanecen desaparecidos. A raíz de este funesto acontecimiento, las leyendas en torno a esta población y sus bosques no tardan en crecer sin mesura… y en 2008 un equipo de investigación decide tomar el “camino de baldosas amarillas” del título, adentrarse en los bosques  y tratar de descubrir qué ocurrió realmente…

La premisa argumental de la película es altamente interesante, y atrapa al espectador durante la primera media hora de metraje, llenándolo de interrogantes, planteándole nuevas y sobrenaturales incógnitas una vez que comienza el viaje y descubrimientos de los protagonistas…  Pero a partir del primer hecho violento comienza a desinflarse y el interés cede al sopor y al soberano aburrimiento. El guión, lleno de trampas y vacíos, gira y gira sobre sí mismo, saltando, de una amena película de terror, a una propuesta metafísica-filosófica que pierde absolutamente al espectador en sus inexpugnables recovecos.

Un film fallido, con una gran propuesta de partida que bien podía haber aprovechado para regalar, pese a sus escasos medios, una buena película de terror psicológico/sobrenatural y que, en lugar de ello, prefiere navegar por una pretenciosa producción pseudofilosófica, una lástima, un aburrimiento. A evitar.

- Enoch -

Vampires

Valoración: 5/10


El director Vincent Lannoo (“Ordinary Man”, “Strass”) dirige y co-escribe (con Frédérique Broos) el guión de esta atípica enésima visita al mundo de los vampiros.

En esta ocasión el formato de la cinta es de falso documental. En ella conoceremos gracias a un equipo televisivo a una familia de vampiros belgas (interpretados por Paul Ahmarani, Julián Doré, Carlo Ferrante, Alexandra Kamp-Groeneveld…), un matrimonio con dos hijos, y su estilo de vida, amigos, actividades, régimen alimentario (sangre de inmigrantes ilegales que guardan en su corral del jardín)…  así como los problemas que la adolescencia vampírica de los jóvenes provoca y el exilio que puede suponer el quebrar las estrictas reglas de su mundo.

En una época histórica en que el mundo de los vampiros en el cine está en un punto álgido y estos se edulcoran, se cargan de glamour y mágicos poderes, aquellos que nos dibuja Vincent Lannoo son mucho más mundanos, decadentes y autoparódicos, un contrapunto altamente interesante a las familias “crepusculares” chupasanges a los que estamos acostumbrados.

El falso documental pretende, a través de sus sobrenaturales protagonistas, realizar una ácida crítica social y pone en evidencia, con las aventuras de los no-muertos lo más bajo de los vivos, el ser humano, lo que le da una trascendencia más allá de la pura carcajada y entretenimiento.  

No obstante el conjunto no llega a convencer del todo, se queda a medio camino de la crítica, a medio camino de la parodia, a medio camino del drama, de la comedia… resulta, una vez visionada, interesante pero mucho menos arriesgada de lo que cabía esperar, y eso le pasa factura frente al tipo de espectador que enfrenta una película de estas características. 

- Enoch - 

Friday, February 11, 2011

Armin Meiwes, el caníbal de Rotemburgo, de la realidad al cine


"Butterfly: A Grimm Love Story" (Rohtenburg) es el título de la película ("El Canibal de Rotemburgo") que trajo a la actualidad un caso aún polémico en Alemania, el de Armin Meiwes y Bernd Brandes, devorador y devorado por mutuo acuerdo en un no demasiado lejano 2001. Te contamos los detalles de lo acontecido, la historia que nutre la película merecedora de varios galardones del festival de Sitges, las razones que han llevado a la prohibición de su estreno en Alemania...etc

Armin Meiwes, el canibal, tuvo una infancia extraña. Convivía con su madre que le hacía vivir bajo una estricta disciplina, participaba en matanzas de animales con sus amigos para luego devorarlos, coleccionaba a escondidas trozos de muñecas...

Una vez adulto y ya viviendo en una enorme casa a las afueras de Rotemburgo sirvió en el ejército donde su disciplinada vida hogareña le sirvió de ejemplo, tras ello pasó a trabajar como técnico informático. Se decía que acostumbraba a leer libros de asesinos en serie, canibalismo...pero ningún acto perverso sucedió en estos tiempos.

Todo comienza con el fallecimiento de su madre, momento en el que Armin se divide. Por un lado se le percibe como un buen vecino, un hombre trabajador y ejemplar. Por otro, encerrado en su casa a la que sus amigos llamaban "la casa de los espíritus" por la enorme cantidad de habitaciones que tenía, comienza su búsqueda a través de Internet... Empieza a almacenar ingentes cantidades de fotos de crímenes y canibalismo y a contactar con otros usuarios de sus mismos gustos y compartir virtualmente sus fantasías a través de la web.

Una vez inmerso en este mundo busca ya abiertamente un contacto real, alguien a quien devorar. No tardan en aparecer candidatos, pero los contactos son infructuosos, se conocen, comienza el ritual, pero ninguna de las "victimas" quiere llegar realmente al final, y Armin, sin violencia, los deja marchar.

La tan deseada fantasía se materializa al entrar en contacto con Bernd Brandes, un ingeniero berlinés bisexual de quien se dice que mantenía una habitual vida sexual plena de perversiones, torturas... pero nada más allá del juego. Pasan tiempo juntos, se conocen, hablan de sus fantasías de devorar y ser devorado... pero no consuman el macabro acto. No obstante, y cuando ya parecía otro intento frustrado tras haberse incluso despedido, Bernd llama Armin para que regrese a recogerlo dispuesto a llegar al final.

Tras discutir el "cómo", deciden amputar y comerse el pene de Bernd. Este, atiborrado de medicamentos y alcohol sufre la amputación y degusta después sus propios genitales cocinados por su compañero. Tras ello, Armin lo disecciona y descuartiza para después comérselo, todo ello ante el impasible ojo de una cámara de video que registró todos sus actos durante más de cuatro horas.

Según declaraciones del propio Armin no alcanzaba a entender el sumo deseo de su compañero de ser devorado, aún y todo quiso cumplir esa voluntad, así como alcanzar su propio sueño de devorar carne humana.

Tiempo después, el deseo del caníbal de conseguir nuevos cuerpos fue su perdición, fue denunciado y posteriormente detenido al proclamar en varios foros cómo se le estaba acabando la carne y necesitaba más.
El juicio resultó difícil y aún levanta polémica, se enfrentan dos claras posturas, su defensa alega el mutuo acuerdo y lo declara un tipo de "eutanasia" mientras que la fiscalía aboga por demostrar que el autor únicamente buscaba la satisfacción de sus depravaciones sexuales y culinarias y lo tilda de brutal asesino.

La condena finalmente se limitó a ocho años y medio, dado lo complejo del asunto y el vacío legal que concierne a un crimen tan peculiar y a comienzos del 2006 arranca el proceso de apelación, donde se debate entre mantener la condena inicial o tornarla en cadena perpetua.

Es entonces cuando ve la luz la película "Butterfly:a Grimm Love Story", nuestro protagonista, que desea que sea mostrada la verdad según su criterio demanda a la productora y se alega que es mostrado como un asesino brutal cuando no es tal. Contra todo pronostico, gana el caso y el film es prohibido en Alemania pocos días antes de su estreno, impidiendo su visionado a sus compatriotas y disparando la curiosidad del resto además de dotar al film de una inesperada y gratuita publicidad.

Igualmente, el protagonista de este caso, expresa su deseo de demandar a una empresa que publicó partes del video filmado durante la muerte de su compañero en Internet y al grupo Rammstein, que se basó en su historia para la grabación de su hit "Mein Teil" (Mi parte).

Prohibiciones aparte, la película fue presentada en Sitges y consiguió hacerse con el galardón al mejor director y a sus dos actores principales, así como a la mejor fotografía. Tras ello se presentó en la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, con una muy buena aceptación general por parte del público. Puedes acceder a leer la crítica colgada en esta web tras su visionado PULSANDO AQUI .

De todas maneras, e investigando los datos reales del caso, así como según comentan varias publicaciones, contradiciendo a lo que el verdadero implicado indica, el film resulta mucho más fiel a los hechos de lo que este tipo de películas suele serlo. Incluso es de destacar que no resuelve las situaciones con efectismos, truculencias y gore, no se muestran grandes escenas explicitas... pero si tiene la maestría de revolver los estómagos y las mentes de los espectadores de una forma mucho más sutil consiguiendo un efecto aún más perturbador.

Ya conocéis la historia de estos dos hombres que ha perturbado a la opinión pública y que aún da mucho que hablar y discutir en Alemania y fuera de ella. Desde RaVenHearT os animamos a ver la película si tenéis oportunidad, bien para conocer más del caso, bien para disfrutar de una hora y media de cine de calidad. Bon Appetit!
Enoch

Wednesday, February 2, 2011

Zombis Nazis (Død snø - Dead Snow)

Valoración: 4/10

¡Heil Zombies!

Auspiciada desde hace tiempo por todos los medios especializados del fantástico, Dead Snow se había convertido por derecho propio en uno de los estrenos más esperados por el aficionado a la comedia de terror. Vale que el género de los zombies gamberros ya empezaba a estar un poco quemado -a este respecto, mi reseña de Doghouse- pero esta propuesta contenía dos elementos diferenciadores a priori muy interesantes. Por una parte, el origen noruego de la cinta, un país que no se prodiga demasiado en este tipo de producciones. Y en segundo lugar, zombis nazis. Efectivamente: Zombis nazis. ¿Hace falta decir más?

Desgraciadamente, como suele suceder en este tipo de casos, ya podemos decir que lo de Dead Snow ha sido un hype en toda regla. Sabíamos lo que íbamos a ver. No se le pedía demasiado al film de Tommy Wirkola más allá de un argumento sencillo que aprovechara su premisa inicial y dejara aislados a los protagonistas en medio de una montaña nevada en la que comienzan a aparecer zombies vestidos de nazis. Efectivamente, así sucede, aunque la película tarda sus buenos cuarenta minutos en contarnos todo eso.

Efectivamente, Dead Snow tarda una eternidad en arrancar. Hay escenas completamente prescindibles, como la advertencia por parte del desconocido, otra muestra más de la ilógica de un guión que se deja sentir en mil y un momentos. Se entiende que la intención era tanto crear una atmósfera -algo innecesario en una comedia como esta- y retener la aparición de los zombies para que el golpe de efecto fuera mayor, pero la contención se les ha ido completamente de las manos. Cuando empieza el gore el ritmo es todo lo fuerte que debiera y a la traca final de decapitaciones, desmembramientos y sangre no le falta garra, pero llega tarde.

El segundo problema del film son sus personajes. En una comedia de terror el carisma de estos tiene que ser fuerte pero los tópicos a los que recurre esta son insoportables. La mitad de ellos son intrascendentes, meras marionetas destinadas a perecer bajo los zombies. Ninguna objeción al respecto pero si molesta que los guionistas traten de hacer que el aficionado conecte con el gordo de turno y su amigo gafotas, que con sus referencias a Braindead es casi un freak fingido, un mal imitador. Lo que se dice, un gracioso sin gracia. Todo con unos diálogos supuestamente tronchantes que dejan absolutamente frío. Será que es humor nórdico.

Cinematográficamente la película es justita. No hay que olvidar que estamos hablando de un film de bajo presupuesto y eso se nota en el resultado. Ya se adivina en esa primera y anodina escena de cacería nocturna a la que pone música Edvard Grieg. Aunque bien recreados, los soldados enemigos se pasean por la historia con cierta sensación de vacío. Aún sin entrar en el terreno de lo políticamente correcto, podrían haber dado mucho más de si. En cuanto a las interpretaciones de Anne Dahl Top, Jenny Skavlan, Stig Frode Henriksen y Bjørn Sundquist, intérpretes que el director rescata en su mayoría de su anterior película, son todo lo extravagantes, histriónicas y prescindibles que el film requiere.

Aunque haya funcionado en numerosos festivales de género e incluso entre algunos incondicionales a la casquería, Dead Snow se ha revelado como una hábil estrategia publicitaria más que como una cinta con méritos propios. Quizás la prueba más evidente de ese desengaño sea esa constante referencia a la cabaña de Evil Dead, un film que conseguía aunar terror y comedia con exito, algo insólito dentro del género. Wirkola ha buscado imitarla y se ha condenado al fracaso. Los espectadores pagamos el pato hasta que llega un momento en el que nos da completamente igual lo que ocurra con los protagonistas o si los malos son zombies, nazis o bailarinas de ballet. Ni es un exceso de humor negro, ni de terror ni de nada. Aburrida hasta decir basta.
Keichi

Triangle

Valoración: 8/10

Atrapados en la geometría

Los amantes del terror ya teníamos fichado a Christopher Smith desde la irreverente, divertida y sangrienta Severance, un film que aunque no era redondo si que nos descubría a un realizador muy prometedor. Cambiando de temática dentro del fantástico, el director británico regresa a la palestra tras varios años de ausencia y lo hace dando un salto de calidad indiscutible. No en vano, algunos entusiastas ya han señalado a Triangle como una de esas obras que, sin hacer casi ruido, están destinadas a convertirse en clásicos con el paso del tiempo.

En la vida de Jess no hay lugar para el descanso, ocupada entre el trabajo y el cuidado de su hijo autista. Cuando un amigo le propone hacer una excursión en velero en compañía de otra gente guapa, la sacrificada madre decide tomarse un respiro. Por desgracia, una inoportuna tormenta termina con la travesía, hasta que la embarcación naufragada es rescatada por un viejo trasatlántico aparentemente desierto. Dentro del barco fantasma una inexplicable sensación de memoria recuperada comienza a apoderarse de la protagonista.

Engaña -y mucho- la historia de Triangle cuando transforma su punto de partida en una historia de viajes temporales que convence gracias a un trabajadísimo guión. La trama que Smith ha ideado está medida al milímetro y deja caer sus piezas una encima de otra hasta formar esa figura que da título al film. O muchas otras, porque Triangle muta en una espiral retorcida hasta el infinito, un bucle dentro de otro bucle que pasa del terror al thriller, siempre psicológico. Se consigue así un ambiente cargado y desasosegante en su conjunto de destino inevitable. Al igual que el Origen de Nolan, los diferentes niveles de complejidad argumental exigen del espectador una cierta atención. Es de agradecer que la película nos tome por entes pensantes e incluso inteligentes.

Smith es un director acostumbrado a sacar lo mejor de sus actrices. Así, Melissa George es la irremplazable y casi única protagonista del film. Un fuerte aplauso para su sobresaliente interpretación de madre alborotada con atisbos de paranoia, dispuesta a todo para salvar a su hijo a todos los niveles. Habrá quien señale que el resto de personajes (Michael Dorman, Liam Hemsworth, Rachael Carpani) no están en absoluto desarrollados pero se entiende que era necesario relegarlos al papel de clones para carnaza que el argumento les asigna. También es destacable la fotografía a cielo abierto del film, contrastando con esos interiores sombríos con reminiscencias a El resplandor. El tratamiento de la imagen en Triangle es muy distinto a lo que nos tiene acostumbrado el cine fantástico.

En cuanto al rodaje, otro punto a favor. El montaje de una historia como esta es toda una proeza, con planos interesantísimos, muy planificados. Triangle se las ingenia también para introducir algunos elementos inéditos hasta la fecha en el cine de viajes temporales, como esa pila de cadáveres amontonados uno encima de otro, los relojes detenidos o el tocadiscos rallado de tanto girar, la permanencia de las acciones en la difusa línea temporal. Por todas partes hay detalles que nos dan pistas acerca de dónde está el verdadero final del viaje, una expiación en forma de condena a repetir lo mismo una y otra vez, incluso matarse a uno mismo. Las licencias que la película se toma no desmerecen para nada el resultado.

Solo una cosa le pesa a Triangle y le impide alcanzar esa quinta estrella y son sus referencias, esos constantes deja-vu con los que juega el argumento y de los que no se puede escapar, por mucho que cite a las Bermudas o al mito de Sísifo. Porque estas historias de paradojas temporales las hemos visto ya muchas veces en películas como Atrapado en el tiempo, Regreso al futuro, El efecto mariposa o Los cronocrímenes de Vigalondo, quizás su fuente de inspiración más evidente y dolorosa. Por lo demás, un trabajo muy bien planteado en un guión que hila fino y que se erige como una de las sorpresas más inesperadas de la temporada. No debería pasar inadvertida.
 Keichi

Lesbian Vampire Killers

Valoración: 6/10

Leche a falta de sangre

Cuando alguien encargó a dos guionistas de la MTV que idearan una película destinada al mercado domestico con el título comercial más alocado posible, Paul Hupfield y Stewart Williams concluyeron que este divertimento definitivo debía contener tres elementos: Vampiros, asesinos y lesbianas. Ni más ni menos. Tras eso, su proyecto pasó varios años en la guantera a la espera de ser resucitado y finalmente lo ha hecho de la mano del director Phil Claydon, en un momento especialmente propicio para los chupasangres. Después del atracón de vampiros que estamos sufriendo ya iba siendo hora de que alguien se atreviera a meterse con los señores de la noche.

La historia de Lesbian Vampire Killers es completamente intrascendente más allá de la excusa para la risa pero vamos con ella. Tenemos a Jimmy y Fletch, dos loosers de acampada en un pueblo perdido en el culo mundo que tienen la suerte de coincidir con un grupo de despampanantes excursionistas con las que pillar cacho. Lo que no saben es que sobre el lugar pesa una maldición que convierte a las mujeres en lesbianas vampiras, controladas desde la tumba por la mismísima reina Carmilla. Efectivamente, sobra cualquier comentario.

¿Cumple Lesbian Vampire Killers lo que promete? Al menos no punto por punto. Si la figura del vampiro lleva asociada per se ciertas connotaciones lésbicas ya presentes en la novela de Le Fanu y el cine no ha tenido reparos en trasladarlas a la gran pantalla -véase las Vampiras de Jess Franco o incluso La hija de Drácula- aquí solo se referencian de forma anecdótica. Consciente en todo momento de su condición inamovible de comedia, el film renuncia a cualquier tipo de atrevimiento. Quizás por eso los momentos de acción tampoco terminan de convencer demasiado y en vez de activar la película la desinflan considerablemente una vez superados los homenajes a la Hammer.

Liderando el reparto aparecen James Corden y Mathew Horne, pareja de cómicos famosa por sus apariciones en sitcoms de la BBC como Gavin & Stacey en cuyo lucimiento personal encontramos el letmotif de la película. No les falta química pero seguramente el espectador nacional no terminará de apreciar su conexión. Les acompaña el también británico y televisivo Paul McGann (Doctor Who) y la sueca MyAnna Buring, a la que pudimos ver en The descent. Cumpliendo a la perfección con su papel está el resto de vampiresas y chicas de la furgoneta Scooby-Doo, exhibiendo su cuerpo y su falta de cerebro.

Es el dúo protagonista el que consigue arrancar la carcajada al espectador a través de algún que otro gag visual pero sobre todo con unos diálogos repletos de chistes soeces, machismo y muchas palabrotas que funcionan a la fuerza. Algo así como una mezcla de Zombies Party con American Pie. Nada de humor británico, o por lo menos lo que antes de Benny Hill se entendía por humor británico. De fondo nos encontramos con una realización nada desdeñable que tira de los decorados de cartón piedra y la estética del comic al más puro estilo Sin City. Un elemento sorprendente dentro de la falsa caspa es la inspiradísima banda sonora, piezas clásicas para momentos cómicos y temas originales de Debbie Wisemen interpretados por la Royal Philarmonic Orchestra.

En definitiva, Lesbian Vampire Killers es una comedia inofensiva que no quedará en el recuerdo pero que puede presumir de haber contentado al exigente -aunque en esta ocasión algo aburguesado- público de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián. Una mamarrachada divertida e intrascendente a la que se le puede objetar un gore más blanco y menos sexploitation del deseado. Pero lo más risible del asunto es que las lesbianas de esta película, aún con su sangre lechosa, son bastante más auténticas que todos esos afeminados y castos chupasangres de moda.
 Keichi

Dread

Valoración: 6/10

Sin materia de estudio

De la fecunda y macabra imaginación del británico Clive Barker han surgido algunas de las mejores creaciones del terror de las últimas décadas, criaturas que se han paseado con desiguales resultados por el papel, la pantalla, la novela gráfica o el videojuego capitaneadas siempre por la imponente figura del Pinhead de Hellraiser. Podríamos decir que, al igual que la obra de su compatriota Neil Gaiman, el universo de Barker viene definido por una fantasía oscura subyacente en nuestra realidad cotidiana, generalmente poblada por engendros masoquistas, monstruos que reflejan a otros monstruos.

Pero nada de esto encontramos en Dread, nueva adaptación cinematográfica de uno de los relatos de sus populares Libros de sangre. Todo queda en familia, puesto que su director, Anthony DiBlasi, ya ejerció de productor en las predecesoras The Midnight Meat Train (Ryûhei Kitamura) y Book of Blood (John Harrison). Efectivamente, la historia de Dread discurre por derroteros bastante terrenales, abandonando lo sobrenatural para centrarse en tres estudiantes universitarios enfrascados en la realización de un trabajo sobre el terror, un estudio psicológico del miedo. Como suele ocurrir en estos casos, alguien llevará las cosas demasiado lejos.

DiBlasi llega dispuesto a desmentir la creencia general de que pocos relatos de Barker han nacido para ser filmados. Y no lo hace nada mal, sobre todo para tratarse de una opera prima, aunque los resultados sean desiguales. El comienzo del film es pesado, con un guión que prefiere guardar -nunca mejor dicho- toda la carne para el final. En el camino se quedan unas relaciones, traumas e historias personales salpicadas por algún que otro susto alucinatorio. Nada fuera de la habitual tendencia del género pero muy bien resueltas, especialmente la del asesinato de los padres de Quaid, con la cámara siguiendo la trayectoria del hacha.

El problema radica tanto en una contención mal administrada como en el hecho de que la historia no es lo suficientemente densa para sacar de ella una película. Candyman ya abordaba a través del estudio, en aquel caso de las leyendas urbanas, el origen del miedo, extrayendo de ello importantes lecturas. Aquí la idea es mucho más difusa. De hecho, Dread hubiera funcionado mejor en forma de episodio de Masters of Horror (Barker podría haber puesto el nombre), sin necesidad de referencias al torture porn y al gore. Aunque el film consiga revolvernos el estómago con la escena de la chuleta, aún sin haber leído el relato original, uno tiene la impresión de que gran parte de su fuerza narrativa se ha perdido por el camino.

Dejando a un lado el elegante trabajo de fotografía de Sam McCurdy y un montaje acertadamente sobrio, Dread relega la creación de su atmósfera a las interpretaciones de los actores, claves para la buena resolución del film. Por desgracia, las de de esta película no pasan de correctas, no bastando para trasmitir todo el terror que la historia promete. A Jackson Rathbone (otro de los sosainas de Crepúsculo, fichado ahora por M. Night Shyamalan) y Shaun Evans los roles asignados les vienen demasiado grandes, aunque el film sabe compensarlo con el buen hacer de la hermosa Laura Donnelly y su turbador personaje.

En definitiva, el trabajo de Anthony DiBlasi detrás de la cámara es notable pero el material sobre el que trabaja no da para más, por mucho que trate de estirarlo. Resulta imposible obviar que detrás del monólogo meta-terrorífico del film no hay nada nuevo y la tesis del miedo de Dread es mucho menos interesante de lo que pudiera parecer en un primer momento. De hecho, a media película uno echa en falta la aparición de un cenobita cabreado. El resultado es una película justita y un poco aburrida que solamente se deja ver. Puede que la fauna de Razas de noche y Hellraiser haya envejecido escandalosamente mal, pero sigue siendo mucho más divertida que éste descafeinado terror psicológico.
Keichi

Pandorum

Valoración: 6/10

El espacio según Holywood

Salvo honrosas excepciones, el cine europeo de las últimas décadas no ha sido muy pródigo en lo que a ciencia-ficción se refiere. Eso no significa que no haya en el viejo continente directores interesados en el género, pero si conlleva que tiendan a emigrar al otro lado del Atlántico para poder hacer realidad sus proyectos. Evidentemente, este tránsito suele suponer ceder a la inocua espectacularidad de Holywood. Es el caso del alemán Christian Alvart, que después de la polémica Antikörper y una descafeinada Expediente 39 se desplaza al espacio con Pandorum de la mano de la industria norteamericana.

El inicio de la película plantea muchas incógnitas. Bower (Ben Foster) despierta de su prolongada hibernación en un entorno extraño, amnésico y completamente desorientado. Poco después se le une el Teniente Payton (Dennis Quaid). Los dos hombres irán atando cabos hasta descubrir que forman parte de la tripulación del Elysium, una futurista Arca de Noé destinada a colonizar Tanis, un lejano planeta en el que la raza humana busca empezar de nuevo. Por desgracia, algo ha salido mal durante la travesía. La nave se cae a pedazos y unas voraces criaturas la han invadido. Y sobre todo ello pesa la amenaza del Pandorum, un síndrome espacial que afecta a la delicada salud mental de los pasajeros.

Hay aquí dos historias diferentes y perfectamente discernibles. Una es un thriller psicológico sobre el aislamiento, la locura alojada en la psique del enfermo. La otra un videojuego de terror plagado de monstruos y peleas. La explicación es sencilla si reseñamos que al guión de esta película de encargo firmado por Travis Milloy se acopló otro que el propio Alvart estaba escribiendo. El problema irresoluble es que los mecanismos de uno y otro no son extrapolables y el resultado termina por convertirse en un pastiche de ideas que, lejos de aportar diversidad a la trama, le sienta como una patada en la cara. A pesar de este desorden, Alvart se las ingenia para rodar un tramo final verdaderamente frenético culminado en un desenlace sorprendente.

Lo cierto es que Pandorum se desenvuelve mejor en el plano del suspense que en el de la acción-terror. Siguiendo la moda imperante, las persecuciones y combates de la película se convierten en un vaivén epiléptico en el que la cámara se mueve sin orden ni concierto aparente. Aunque estupendamente recreada, la opresiva y claustrofóbica fotografía de Wedigo von Schultzendorff no es la adecuada para estos menesteres. Una mala elección, al igual que la inclusión de personajes secundarios (Antje Traue, Cam Gigandet) completamente prescindibles. En cuanto a los actores protagonistas, es Foster quien aguanta todo el peso de la historia con un notable trabajo mientras que Dennis Quaid se limita a quedarse quieto y aportar su nombre al cartel.

La película toma prestados numerosos elementos de otras predecesoras como Aliens, Sunshine, Pitch Black, Horizonte Final -su director ejerce aquí de productor- o The Descent, así como del survival horror Dead Space y la televisiva Battlestar Galactica. No es una queja: Los cimientos de la ciencia-ficción espacial forman parte de un imaginario demasiado arraigado en la mente del cinéfilo como para sorprendernos. A estas alturas nos hemos acostumbrados a los diseños de naves espaciales decadentes y a los alienígenas. Aunque producciones como la reciente Moon nos permitan albergar esperanzas al respecto, Pandorum evidencia lo difícil que resulta aportar algo nuevo al género. Ello no desmerece un buen trabajo artístico y de efectos especiales.

Dejando a un lado las comparaciones, aún atrapada entre las palomitas y el cine de autor, la película de Christian Alvart es innegablemente entretenida. Podría considerarse un trabajo fallido si se tiene en cuenta su potencial desperdiciado, pero no se puede negar que compensa sus irregularidades. No sobran ideas pero quizás Europa debiera recordar su propio pasado para imaginar el futuro, volver la vista hacia Lang, Kubrick o Tarkovski para darse cuenta de que una vez supo explorar el espacio a su manera.
 Keichi

Grace

Valoración: 4/10

No sin mi hija

Dicen que la maternidad es un milagro al que solamente la alquimia de la mujer puede dar sentido. Ese vínculo especial e irrompible entre madre e hijo ha sido abordado por el cine en innumerables ocasiones, muy especialmente por el género del terror. Porque no es oro todo lo que reluce. Aquellos que hayan visto La semilla del diablo de Roman Polanski o la más reciente ¡Está Vivo! saben de sobra que en esa magia puede ocultarse algo malsano, un pretexto del que también se vale el director estadounidense Paul Solet para dar rienda suelta a su primer y polémico largometraje.

Después de varios embarazos frustrados, Madeline está muy cerca de convertirse en madre, un sueño que en ella alcanza cotas de obsesión. Todo se viene abajo cuando pierde a su marido y al bebé en un accidente de tráfico. Profundamente afectada, la mujer decide proseguir con su gestación de forma natural y esperar al parto. Para sorpresa de todos, la niña a la que se daba por muerta vuelve a la vida nada más salir del vientre de su madre. Pero el paso del tiempo evidencia que Grace no es un bebé como los demás…

Rápidamente pasamos del drama y la ironía al terreno de lo siniestro. Y es que, aunque quiera hacernos creer que el suyo es un trabajo profundo, Solet busca ante todo incomodar al espectador. Lo hace a través de metáforas algo burdas y propias del peor videoarte, como esa sangre a la que sustituye la leche de soja o la inenarrable escena en la que la suegra -la familia política tampoco se queda corta- amamanta a su marido. También trata de generar cierta ambigüedad sobre la verdadera naturaleza de la niña y la estabilidad mental de su progenitora con ese pelo que se cae, el olor que despide o las moscas que le rondan.

Desgraciadamente, conjugar terror y drama psicológico sin caer en el exceso ni en el aburrimiento es tarea difícil y Grace no lo consigue. Además, el film acusa en todo momento su origen de cortometraje, aunque sabe dejar al espectador gran parte de las deducciones, como la relación que une a Madeline con su partera. El resultado es una película irregular con tramos muy descompensados, especialmente un desenlace que nos remite necesariamente a la francesa À l'intérieur. Pero si el film de Bustillo-Maury era una oda a los principios del género desprovista de toda pretensión en su brutalidad, este otro crece rodeado de un halo de petulancia insoportable.

Del mismo modo que la historia insiste en la trivialidad de la figura paterna, las actrices son las únicas protagonistas de la historia. Jordan Ladd, Gabrielle Rose y Samantha Ferris consiguen otorgar cierta dignidad a una película que en manos de intérpretes menos dotadas hubiera caído en el más absoluto de los desastres. No se puede negar que, a pesar de contar con un presupuesto limitado, el apartado visual está muy trabajado. El director experimenta con el desenfoque y los planos desde el suelo, dejando patente su artificiosidad en más de una ocasión pero casi siempre de forma elegante. Lo mismo puede decirse de la fotografía de Zoran Popovic o la sutil banda sonora.

Una cosa es innegable: Hay que reconocer que Paul Solet es un director arriesgado. Es algo que se agracede dentro de un cine condenado a repetir los mismos esquemas una y otra vez hasta la saciedad, pero no todo el mundo puede permitirse imitar a David Cronemberg y salir airoso del intento. Así, Grace se pierde en su indefinida lectura indie sobre el misterio de la maternidad para acabar convertida en un producto de segunda, incapaz de ocultar su condición de cine barato, casposo y ávido de sangre. Ya lo dice la protagonista al afirmar que lo que está viendo en la televisión es como una película de terror vegetariana. Y esa tiene que ser, a la fuerza, una mala película.
 Keichi

Doghouse

Valoración: 6/10

Mujeres y hombres y viceversa

De un tiempo a esta parte el género de los muertos vivientes atraviesa un momento de gloria, sobre todo enfocado al campo de la comedia gamberra. Zombies Party fue la precursora del movimiento y le siguieron muchas otras como Zombieland, Undead or Alive, Wasting Away, Zombie Strippers, Dead Snow o esta Doghouse que ahora nos ocupa y que también tiene el honor de ser británica. Su director, Jake West, pasó por San Sebastián hace ya unos cuantos años con Evil Aliens, una de las producciones más casposas -y no son pocas- que se hayan podido ver en la Semana de Cine Fantástico y de Terror. Para su regreso ha subido considerablemente de nivel.

Buscando levantar el ánimo a Vince después de su divorcio, su cuadrilla decide llevárselo de viaje a un pueblo conocido por la proliferación de sus mujeres. Evidentemente, de saber que hay suelto un virus que las transforma en zombies con ganas de devorar -literalmente- a todo hombre que se cruce en su camino, se lo hubieran pensado dos veces. Monstruos aparte, es un punto de partida calcado al de Lesbian Vampire Killers, con la que ha sido comparada una y otra vez por todos los medios especializados, aunque si se analiza con calma quizás la comparativa no tenga demasiado sentido.

Doghouse comienza con una delirante y magnífica presentación de personajes que personifican los peores defectos del arquetipo de hombre orgulloso de serlo, machista, inmaduro, borracho, sucio y más salido que el pico de una plancha. Si decimos que además son británicos ya nos podemos hacer una idea de los clichés con los que juega la película. En efecto, en todo momento se hace referencia a una guerra de sexos no encubierta, aunque no va más allá de soltar alguna que otra perlita en forma de chiste misógino que arrancará más o menos carcajadas al público masculino, aunque con tanto soplagaitas suelto seguro que habrá quien considere que la película hace apología de la violencia de género.

En esta ocasión West ha contado con un presupuesto nada desdeñable. Aunque quizás una historia como esta hubiera requerido una fotografía algo más cálida, se nota en un buen tratamiento de la imagen pero sobre todo en los excelentes efectos especiales. La variedad y originalidad de los zombies -la novia, la peluquera, la dentista... todas ellas ligeras de ropa- hacen de cada uno de ellos un personaje más, dejando atrás la idea de la masa impersonal a la que nos ha acostumbrado el género. Además, estos también se caracterizan por utilizar armas, desde unas tijeras hasta una espada. Con estos elementos de atrezzo tampoco podía descuidar el director el gore, por momentos pringoso y delirante hasta el extremo pero siempre inofensivo.

En el plano actoral tenemos un elenco de intérpretes bastante reconocible que da lo mejor de si mismo. Danny Dyer (Severance), Stephen Graham (Snatch: Cerdos y diamantes), Keith-Lee Castle, Lee Ingleby y compañía son puro carisma y es por ellos por los que la película funciona pero no lo suficiente para que nos afecte la muerte de algunos de ellos, estirando demasiado la resolución de la historia. La aparición de Emily Booth (Evil Aliens) es un simpático guiño. Por lo demás, nos encontramos con todos los tópicos de la serie B y el comic, visita a una tienda para frikis con ecos al terror teenager de los ochenta incluida. De manual.

Doghouse es otra comedia gamberra de terror. Ni más ni menos. Es una pena que el mensaje que se intuye -y hasta se trata- detrás se quede solamente en una referencia, porque se le podía haber sacado muchísimo más juego. Hay mucha mala baba de por medio, aunque en el fondo el humor sea de patio de colegio. Así lo da a entender el final, demostrando que los hooligans protagonistas son tontos del culo y han tenido la fiesta que deseaban. La película es igual, sin fondo. Entendida pues como un divertimento fast food, se ve rápido y se disfruta bastante para pasar inmediatamente al olvido cinéfilo. Aunque el trabajo de Jake West está bastante por encima de la media de este tipo de propuestas, no es tan fresco como parece.
 Keichi

Mutants

Valoración: 6/10

Entre el amor y la sangre

Solo el paso del tiempo ha evidenciado la increíble impronta que una película como 28 días después ha tenido dentro del género de los muertos vivientes, hasta el punto de redefinirlo por completo. Los infectados -que no zombies- de Danny Boyle demostraron que las creaciones de Romero se habían convertido en seres icónicos atrapados en la lentitud de su carrera evolutiva y debían ser sustituidas por otras mucho más veloces, algo que apuntaron trabajos como REC o el propio remake de El amanecer de los muertos. Nuestros vecinos franceses, cuyo fantástico atraviesa un momento fructífero, no podían ser menos.

Después de interesarse por los zombies en su cortometraje Morsure, el primer largo de David Morlet tiene lugar en un mundo devastado por un virus que convierte a los humanos en criaturas sedientas de sangre. La pareja formada por Marco (Francis Renaud) y Sonia (Hélène de Fougerolles) trata de abrirse camino hacia las montañas en busca de una organización militar que les acoja. Tras un desafortunado encuentro en una gasolinera Marco resulta herido e infectado y su mujer decide atenderlo en un enorme edificio en mitad de la nieve.

No parece casual que Mutants remita por momentos al Overlook de El resplandor, sustituyendo de paso homenaje por despiste: Un elemento juega claramente en su contra y es la sensación de haberla visto antes. El género del survival apocalíptico con zombies-infectados se nutre siempre los mismos elementos; por supuesto el coqueteo con el drama y el dilema moral de acabar con el ser amado ante su degeneración -que en esta película tiene visos de diálogo mayor- pero sobre todo el entorno desierto, la ausencia de explicaciones o la aparición de esos otros supervivientes armados que son casi peores que los mutantes en sus intenciones.

La película tiene su mejor baza en ese amor sin esperanza con ecos al de La Mosca que une a los dos protagonistas, sobre todo gracias al trabajo de sus sufridos intérpretes. Por eso sorprende que a media película el guión opte por introducir nuevos personajes, derivando en un film de acción carente de contenido. El cameo del boxeador Dida Diafat ya nos pone sobre aviso. Como si el director se hubiera metido un chute de adrenalina, el silencio deja paso a una carga de mutantes al rescate, un gore nada desdeñable sobre el que sobrevuela ese monstruo protector opuesto al villano y a su amante sacrificada. Es un falso climax que el film requiere pero que repercute en la credibilidad de la historia para regresar al drama en un final sobrecogedor y ambiguo.

Ya es una constante que el cine de género que produce Francia esté dotado de una tremenda fuerza pero Mutants sorprende doblemente en este sentido por su condición de ópera prima. Vaya ante todo el reconocimiento al impresionante trabajo realizado por el equipo del film, comenzando por una fantástica labor de maquillaje y terminando por la impresionante fotografía de Nicolas Massart -otro de los artífices de Vertige junto al co-guionista, Louis-Paul Desanges- que tiñe de un frío azul toda la película. Además de ser muy personal, la estética del film está trabajadísima, aunque por momentos sea un descarado ejercicio de estilo.

David Morlet no ha conseguido escapar a los precedentes que inspiran su película pero si desmarcarse con un trabajo oscuro, glacial y opresivo, maravillosamente rodado y que aporta algunas ideas interesantes. Ahora que el género de los infectados se ha vuelto a poner de moda, alguien debiera superar el punto intermedio entre la lacrimogenia y el desparpajo pirotécnico habituales en este tipo de producciones, un sendero en el que Mutants no anda del todo descaminada aunque no termina de compensar la balanza de sus temáticas. En cualquier caso, un debut muy prometedor para esta Nouvelle Horreur Vague.
 Keichi

Tetsuo: The Bullet Man

Valoración: 8/10

Tsukamoto no se vende

Shinya Tsukamoto es conocido como uno de los directores de culto más transgresores del cine japonés actual, artífice de trabajos tan personales e inclasificables como Vital o A Snake of June, aunque los aficionados a la ciencia-ficción y el fantástico lo recordarán siempre por Tetsuo: El hombre de hierro y su secuela, Tetsuo: El cuerpo del martillo. Ahora, después de cambiar de registro con las dos entregas de Nightmare Detective, Tsukamoto regresa a su temática predilecta con Tetsuo: The Bullet Man, una nueva visión sobre la misma idea más que una secuela o un remake occidental al uso.

En esta ocasión el protagonista de la historia es un estadounidense afincado en Tokio y casado con una japonesa. Cuando su hijo de tres años es atropellado mortalmente por un conductor que se da a la fuga, Anthony comienza a investigar por su cuenta para localizar al responsable. Inexplicablemente, a raíz del accidente algo empieza a cambiar en su cuerpo, invadido por piezas de metal que parecen brotar de su interior y lo convierten en una máquina de destrucción en constante crecimiento.

A pesar de las novedades, el mensaje de Tetsuo es el mismo que se deducía de sus anteriores entregas, el retrato de un mundo moderno completamente subyugado por el poder de la máquina y la gran urbe, la misma esencia del ciberpunk, una evolución tecnológica que para Tsukamoto deviene en la deshumanización, el suicidio y la destrucción. En un país como Japón en el que la dependencia electrónica alcanza cotas inimaginables es casi una fantasía con tintes de realidad. Evidentemente, no es una visión amable y eso se traslada a la película del modo más contundente.

Así, Tsukamoto incide en la fuerza narrativa del film a través de elementos incómodos para el espectador, una constante en su carrera, la fotografía apagada, la cámara nerviosa y sobre todo una banda sonora machacona y atronadora. De hecho, la música de Chu Ishikawa podría compararse con las composiciones electrónicas industriales de Akira Yamaoka para Silent Hill no solo en la forma sino en el fondo, la representación de un infierno interior, en este caso el de un cuerpo corrompido por el odio y la rabia. Por momentos el film es una constante de movimiento, ruido y fogonazos completamente enloquecedora y agresiva que algún crítico ha calificado de experiencia sensorial. Ni el exceso de maquillaje consigue restar impacto a las escenas de mutación y combate.

Del mismo modo, las interpretaciones son exageradas, dejando a un lado ridículo o pasión en favor del furor de la historia, algo así como una especie de caos cinematográfico. Si en un principio al director le plantearon trabajar en inglés -dicen que Quentin Tarantino-, finalmente se ha limitado a introducir a ciertos actores foráneos como el protagonista Eric Bossick, manteniendo la nacionalidad con las presencias de Akiko Monô y Yûko Nakamura. Como viene siendo habitual, el propio Tsukamoto se reserva el papel de malvado. No es una cuestión de ego: Tetsuo no podía funcionar fuera de sus fronteras, algo que Tsukamoto tuvo presente desde un primer momento cuando decidió rodar en su tierra.

A pesar de las buenas sensaciones uno se queda con la duda de cuales eran las pretensiones del director con esta película. Si la intención de Tsukamoto era retocar la historia de Tetsuo para hacerla más amigable a los ojos occidentales, el japonés no ha suavizado en absoluto su estética de videoarte experimental ni la violencia surrealista que la impregna. Este Tetsuo angloparlante sigue siendo un trabajo difícil y furioso. Pero los abucheos con los que ha sido recibida en su periplo por festivales europeos no esconden la otra cara de la moneda. Visto desde fuera cabría pensar que el director se ha vendido al oro de Holywood, como tantos realizadores independientes. Pero ahí si que no hay nada que reprocharle. Este Tetsuo sigue siendo puro Tsukamoto.
Keichi

Número 9

Valoración: 6/10

El timo de la numerología

Aunque todavía sea demasiado pronto como para disfrutarlo plenamente, los grandes estudios americanos han descubierto que el cine de animación no solo vende, sino que también puede servir para contar historias adultas, algo que los japoneses ya sabían desde hace tiempo. Con todo, fuera de las producciones independientes y el mundo del cortometraje apenas hay hueco para experimentos, sobre todo si se tiene en cuenta el elevado coste que generalmente supone un largometraje animado. Dicho de otro modo, resulta muy complicado desmarcarse del camino fijado por las rentables creaciones tridimensionales de Pixar y Dreamworks.

El animador Shane Acker ha encontrado ese necesario respaldo económico de la mano de dos monstruos como Tim Burton y Timur Bekmambetov y lo ha utilizado para  presentar su alternativa. Acker ya había atraído la atención de todos hace unos años con aquel cortometraje homónimo que protagonizaban unos muñecos de trapo perdidos en un futuro apocalíptico en el que la raza humana había sucumbido al poder de las máquinas. En esencia, Número 9 es la versión alargada de aquel trabajo mudo que optó al Oscar en el año 2005. Y lo cierto es que por momentos la sombra de aquella maravilla animada se hace demasiado pesada.

Aunque a estas alturas ya es difícil sorprender, el acabado técnico del film es impecable. Ante todo, la película entra por los ojos. A pesar de estar un paso por detrás de las intocables, nada tiene que envidiarles en lo que al apartado artístico se refiere. Rescatando la belleza entre las ruinas y el óxido, Número 9 recrea un mundo a medio camino entre las distopías de Terminator/Matrix Revolutions y una ficción histórica moderna. No es de extrañar que Acker se inspirara en las ciudades arrasadas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial para ambientar el desalentador futuro de su cortometraje, aunque también hay aquí unas buenas dosis de Steampunk y videojuegos, una influencia recíproca si se piensa en los Sackboys de LittleBigPlanet.

Pero si poco puede reprochársele a Número 9 en lo visual, no podemos decir lo mismo de su historia. El poco trabajado guión de Pamela Pettler (La novia cadáver) cede demasiado a las coreografiadas y espectaculares escenas de acción. Aunque muchos hayan querido buscar una simbología mística en cada número, lo cierto es que detrás de los estereotipados personajes no se intuye absolutamente nada. A Square Pictures ya le salió el tiro por la culata cuando decidió jugar al new-age de  piruleta en la malograda Final Fantasy: La fuerza interior. Número 9 va por el mismo camino. No hay profundidad alguna y el resultado es una película de acción que por momentos aburre, mal mayor si se tiene en cuenta que apenas dura ochenta minutos.

Como viene siendo habitual en las grandes producciones animadas, las voces de los protagonistas corren a cargo de actores de renombre, destacando en este caso las de Elijah Wood, John C. Reilly, Jennifer Conelly, Martin Landau y Christopher Plummer. Se nota el presupuesto y los padrinos. Aunque tire una y otra vez de los mismos recursos, nada desdeñable es la banda sonora del incombustible Danny Elfman -clara aportación de Burton al proyecto- y su emergente pupila Deborah Lurie, acompañada por un tema de Coheed and Cambria en los títulos de crédito.

Justificado en parte por su condición de ópera prima, el análisis del conjunto es evidente: Shane Acker no es ni mucho menos John Lasseter o Brad Bird, ni siquiera Henry Selick. No obstante, Número 9 es un muy digno film de animación. Es una lástima que la historia que nos cuenta se haya quedado a las puertas de ser más de lo que es, quien sabe si lastrada por las exigencias de sus todopoderosos productores. Analizándola con detenimiento, sobreponiéndose a su poderosa estética y su vibrante vaivén de montaña rusa, uno se da cuenta de que a la película le falta precisamente aquello de lo que alardean sus protagonistas: Un alma.
 Keichi

The House of the Devil

Valoración: 4/10

La casa de las mil puertas

Para un director nacido hace treinta años como Ti West (The Roost, Cabin Fever 2) las referencias al cine de terror son casi una imposición. Quizás por eso en su nuevo trabajo volvemos a los años ochenta de la mano de Samantha, una universitaria que necesita desesperadamente algo de dinero. La solución se la ofrece un excéntrico anciano en busca de niñera, un trabajo muy bien pagado siempre que uno esté dispuesto a pasar la noche en una solitaria casa en mitad del bosque. Si a alguien le suena haber visto una película con una sinopsis similar, probablemente almacenada en un VHS en el fondo del armario, no va en absoluto desencaminado.

En efecto, House of the Devil nace con la clara intención de recuperar el espíritu del cine de terror de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, época dorada del slasher. Es un homenaje al género tanto en la temática como en los recursos técnicos empleados, con esos créditos iniciales amarillos, los zooms y las imágenes congeladas o el uso constante de la 16 mm. Una recreación al detalle acompañada también de un estupendo trabajo a nivel de fotografía y ambientación -walkman incluido- para dotar al conjunto de un aire retro, una aspiración muy de moda en las producciones de género que han practicado directores como Rob Zombie.

Pero si poco se le puede objetar a la película en cuanto a su estética, no se puede decir lo mismo del guión. Y es que, tras una interminable introducción, una vez muerta la amiga protectora, la historia parece quedarse sin nada que contarnos. Literalmente. Como si de un descarado relleno se tratase, nos enfrentamos a una hora de tedio en la que Samantha bebe un poco de agua, llama a su amiga, pide una pizza, vuelve a llamar a su amiga, da un paseo por la casa, toca el piano, come una chocolatina, ve la tele, echa una partida de billar, abre puertas, va al baño, se sienta, se levanta...

Esta dilatada anticipación en la que todo el mundo -menos la pánfila protagonista- sabe que en la casa pasa algo extraño es tan excesiva que consigue sacar de la historia al espectador más paciente. Aunque el film genera una atmósfera cada vez más angustiosa, cuando la protagonista se rinde -efectivamente, la pizza estaba mala-, llega el eclipse y se produce el esperado ritual, lo que vemos en pantalla da más risa que otra cosa. Dentro del homenaje al género resultan comprensibles esos sectarios que casi ni se esfuerzan en esconder su condición, pero no su inexplicable ineptitud a la hora de llevar a cabo su plan. Y lo que es más grave, tampoco el tratamiento del baño de sangre final, completamente ajeno al contexto histórico-fílmico de la película.

Sobrelleva la carga protagonista una joven, guapa y solvente Jocelin Donahue, acompañada por dos actores emblemáticos del terror ochentero como son Tom Noonan -el inolvidable Frankenstein de Una pandilla alucinante- y Mary Woronov, sin olvidarnos del cameo de Dee Wallace Stone como la casera de Samantha. Una elección de casting cargada de homenaje que más de un horror fan moderno pasará por alto. Completan el reparto Greta Gerwig y AJ Bowen. Destaca la banda sonora del compositor Jeff Grace por su sutileza en el recuerdo a los clásicos.

Resulta comprensible que la propuesta de Ti West haya levantado pasiones encontradas entre los aficionados si tenemos en cuenta los trucos emocionales con los que juega. No obstante, a pesar de su intachable puesta en escena, House of the Devil es una película insalvable por el sopor de su desarrollo que deja una inquietante pregunta en el aire. ¿Eran aquellas viejas películas tan aburridas? La respuesta es evidente. Comparar este film con los de Carpenter, Polanski o Hooper es casi una herejía pero no hace falta llegar tan lejos. Puede que la inmensa mayoría del terror de entonces fuera un producto mediocre pero desde luego no alimentaba el bostezo. ¡Ay! La memoria, esa maldita traidora…
Keichi