Showing posts with label 57 Edición (2009). Show all posts
Showing posts with label 57 Edición (2009). Show all posts

Tuesday, February 1, 2011

Mother (Madeo)

Valoración: 8/10

    Mother
    Entre la madre y el monstruo


    Creo que es de recibo comenzar esta crítica diciendo que quien la redacta no es objetivo con el cine coreano. Es superior a mis fuerzas: Me entusiasma su desdén por los convencionalismos y el incuestionable sello estético que imprimen a todas sus producciones. No debo de ser el único porque en la última década la cinematografía de Corea del Sur ha ganado innumerables seguidores gracias a nombres como Park Chan-wook, Kim Ki-duk o el director que ahora nos ocupa, un Joon-ho Bong que con tan solo cuarenta años y tres brillantes largometrajes a sus espaldas es uno de los valores más destacados de todo el cine asiático.

    Como no podía ser de otro modo, su nueva película es un retrato de perdedores. El film nos presenta a una anónima mujer madura que regenta una pequeña herboristería al tiempo que cumple con sus deberes familiares como madre del tonto del pueblo. Por desgracia, evitar las majaderías de su hijo se convierte de repente en la menor de sus preocupaciones. El hallazgo del cadáver de una colegiala sitúa al vulnerable Do-Joon en el centro de todas las sospechas. Cuando éste es acusado del asesinato y detenido la sufrida protagonista hará todo lo posible por demostrar su inocencia hasta desenmascarar al verdadero culpable.

    Haciendo honor a su procedencia, Joon-ho Bong gusta de confundir e incluso subvertir los géneros cinematográficos. Si en The Host se sacaba de la manga una combinación imposible de Movie Monster y tragicomedia, aquí rueda un thriller policíaco que es al mismo tiempo un poderoso drama familiar con ciertas pinceladas de humor negro. Después de un comienzo pausado, el guión y sobre todo la habilidad del director para mostrarnos los diferentes puntos de vista de la trama van haciendo grande la película y enganchando al espectador en un laberinto de preguntas y giros argumentales resuelto en un final imprevisible.

    Una Inmensa Hye-ja Kim (insisto, inmensa) absorbe por completo la pantalla con su presencia. El director ha tenido que esperar varios años para poder trabajar con esta veterana de la comedia televisiva de su país pero una vez visto el resultado entendemos que su paciencia estaba justificada. Menos complejos pero también brillantes son los trabajos de Bin Won dando vida al alelado y desquiciante protagonista y de Jin Ku como su terrible pero leal amigo, otra cara bonita del cine coreano sorprendente en un papel en absoluto amable. En lo cinematográfico y la fotografía, el realizador sigue siendo intachable. Uno solo puede maravillarse ante escenas como la del accidente o el plano maravillosamente patético de la mujer danzando en mitad del trigo mientras la guitarra de Lee Byeong-woo le pone un excéntrico contrapunto sonoro.

    Aunque en ciertos momentos aparezca el surrealismo cómico propio del director -atención a la escena del campo de golf- el final de la película no lleva a equívoco. El amor maternal representado en el film va mucho más allá de la ética, sobrepasando todos los límites de lo aceptable. Hay algo de entrañable pero también de enfermizo en ese Do-Joon completamente dependiente de su progenitora y viceversa. En el fondo, ambos personajes son iguales y es el propio Do-Joon quien llega a esa conclusión en un breve momento de lucidez tras las rejas. ¿Dónde termina la madre y comienza el monstruo que desata la locura? Al igual que en Oldboy se utilizaba el truco de la hipnosis, aquí es la acupuntura la que proporciona a la protagonista la calma a falta de un desenlace feliz. De éste modo, la aguja termina el trabajo que el veneno no pudo.

    Joon-ho Bong vuelve a las andadas filmado un sólido drama como solamente él podía hacerlo, a través de una ironía desmedida que no renuncia a la intriga ni a la sorpresa. Rodada con la habitual brillantez del director, Mother es una obra que muchos han querido calificar de menor comparándola injustamente con esa joyita que es Memories of Murder pero aunque los paralelismos entre ambas son evidentes lo cierto es que éste trabajo no tiene nada que envidiarle a aquel noir alternativo. Da la impresión de que éste hombre puede absolutamente con todo, posiblemente también con la ciencia-ficción de su nuevo proyecto. De momento, otra película magnífica que añadir a una filmografía sin mácula.
Keichi

Precious (Precious: Based on the Novel Push by Sapphire)

Valoración: 8/10

    Precious
    Historias del Harlem


    Llegó el momento de enfrentarse a uno de los fenómenos cinematográficos del año. Sundance, Toronto, Cannes, San Sebastián… Precious ha arrasado allí donde se ha proyectado, hasta el punto de coronarse como una de las favoritas en la carrera a los Oscars antes incluso de su estreno en salas comerciales. Después de debutar hace ya unos cuantos años en el mundo de la dirección con Shadowboxer, el productor Lee Daniels lleva a la gran pantalla Push, una novela de la escritora y poetisa californiana Sapphire sobre la desdichada existencia de una adolescente en el Harlem afroamericano de mediados de los ochenta.

    Clareece "Precious" Jones tiene dieciséis años, es obesa y prácticamente analfabeta. Desde muy pequeña ha sufrido en silencio una vida llena de vejaciones, malos tratos y abusos por parte de su tiránica madre y su padre, del que tiene un hijo retrasado fruto de una violación incestuosa. Embarazada por segunda vez, Clareece es expulsada del instituto pero encuentra refugio en el centro de enseñanza especializada que regenta la caritativa profesora Rain. Esta breve sinopsis da una idea del sórdido y terrible ambiente en el que se mueve la película, un cruento retrato de los infiernos privados que esconde la marginalidad del gueto en el país de las oportunidades.

    Hay que tener cierto estómago para sobreponerse a la dureza de éste drama doméstico y sus imágenes, pero Daniels consigue dar con el perfecto contrapunto a toda esta miseria en el humor negro y las evasiones oníricas de su protagonista, una serie de escenas de fantasía con estética de videoclip a medio camino entre lo grotesco y lo patético. De éste modo va desarrollándose un argumento francamente bien construido acerca de la integridad pisoteada y la superación personal. Poco a poco, Precious se convierte ante nuestros ojos en la verdadera heroína de una pesadilla urbana a ritmo de soul que viene a demostrarnos que incluso en las horas más oscuras de la tormenta hay espacio para un pequeño rayo de esperanza.

    La película cautiva al espectador a través de sus intérpretes. Gabourey Sidibe protagoniza uno de los mejores debuts de los últimos tiempos pero incluso su soberbia labor queda eclipsada por la de su progenitora en la ficción. La humorista Mo'Nique ofrece aquí un sobrecogedor tour de force dando vida al mal encarnado en madre. Esa última escena en la que Clareece confronta a su torturadora en presencia de la asistenta social, todo un cambio de registro interpretativo, es simplemente fabulosa. Con tanto talento de por medio el trabajo de Paula Patton y su clase de chicas problemáticas queda en segundo plano, pero el casting todavía nos reserva una sorpresa con la profesionalidad de la cantante Mariah Carey en un sorprendente papel secundario. También sale airoso Lenny Kravitz interpretando al único personaje masculino relevante de la historia.

    Que nadie se deje engañar por los galardones cosechados en Sundance. Basta reseñar que la mediática Oprah Winfrey es la productora ejecutiva del film -o acordarse de las estrellas musicales que figuran en su reparto- para darse cuenta de lo mucho que se ha devaluado en la industria norteamericana el término indie, reconvertido de un tiempo a esta parte en una etiqueta comercial como cualquier otra. Esta propuesta encandilará al gran público pero también promete ser blanco de las iras de todos aquellos que no se dejen subyugar por su vibrante historia. El drama hipervitaminado de Lee Daniels es ciertamente artificioso y está plagado de tópicos, además de adolecer de una dirección de lo más desaprovechada. Y es que no cabe duda de que Precious es un film sobrevalorado, pero no es menos cierto que también es un trabajo que llega muy adentro. Puede que haya películas mejores que ésta, pero no todas se quedan impresas en la memoria del espectador con la misma fuerza.
Keichi

Sin Nombre

Valoración: 8/10

    Cary Josi Fukunaga dirige este su primer largometraje sobre un tema tan actual, tan duro y dramático como la inmigración originada en Sudamérica con destino EEUU. Para ello nos embarca en una aventura desde dos puntos de vista, el de una adolescente que junto a parte de su familia se encarama al techo de un tren para cruzar la frontera clandestinamente, y el de un joven mexicano que tras pasar toda sus existencia adscrito a la violencia de la mara ahora trata de escapar de ella oculto en ese mismo tren. Dos orígenes distintos, dos esperanzas iguales en un destino mejor, dos historias que inexorablemente se entrelazan y se tejen con las de los otros rostros anónimos con las que las comparten, sus compañeros de viaje en el atestado tren.

    Son muchas las virtudes de esta película, siendo la mayor de ellas el buen hacer de su joven director. Para elaboración del film se nota (y el mismo confirma) que ha pasado por un amplio trabajo de documentación e investigación, llegando incluso a viajar en esos trenes junto a inmigrantes reales, vivió su cultura, su esperanza y su dolor, sintió el peligro en propias carnes este arriesgado director y lo supo transformar en una historia que traspasa la pantalla, golpea al espectador y le hace vivir ese viaje iniciatico como uno más junto a los protagonistas.

    Técnicamente hablando la película es también virtuosa, destaca sobre el conjunto una fotografía muy cuidada, una ambientación estupenda y una labor de los actores principales muy creíble y cercana (curioso dado el contraste entre ellos, la joven protagonista es una actriz profesional mientras que su acompañante es nuevo en la interpretación) aderezada con un buen guión.

    Todo este conjunto de calidad la ha llevado a triunfar en los más diversos festivales (de Sundance a San Sebastián) y hacerse un hueco y un nombre entre el público hasta conseguir que las distribuidoras la lancen en la gran pantalla, sin duda, se lo merece. Muy interesante.
Enoch

Madres & Hijas (Mother and Child)

Valoración: 8/10

    Mother and child
    Directa al corazón

    Teniendo en cuenta la cercanía y calidad de su cantera, solo era cuestión de tiempo que latinoamerica se infiltrara en la meca del cine hasta alcanzar posiciones impensables hace tan solo unas décadas. La camarilla de mejicanos formada por Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu hace tiempo que sobrepasó todas las expectativas y ahora allana el camino apadrinando a otros visionarios expatriados. Muchos de estos cineastas emigrados comenzaron primero en el mundo de las series de televisión antes de dar el salto a la gran pantalla pero no todos han seguido una evolución tan espectacular como la de Rodrigo García.

    El realizador colombiano vuelve con Mother and Child a su temática favorita, el drama coral protagonizado por mujeres que tan buen resultado le dio en Nueve vidas y Cosas que diría con solo mirarla. Al igual que Iñarritu, García es un experto en contar historias sobre vidas aisladas unidas por los caprichos del destino. En esta historia son tres las que presenta, todas ellas bajo el trasfondo de la maternidad a través de las generaciones y la multiculturalidad. Así, tenemos a una mujer madura que lamenta haber abandonado a su hija al tiempo que cuida de su madre enferma. También seguimos los pasos de la que se adivina como aquella niña perdida, hoy una abogada individualista y promiscua sin demasiados escrúpulos. Cierra el tríptico una joven pareja en busca de un bebé en adopción.

    No es que Rodrigo García sea un primerizo -ya había trabajado antes con grandes figuras como Glenn Close o Cameron Díaz- pero hay que tener cierto carácter para rodar con un grupo de intérpretes de la talla de los que aparecen en esta película. Resulta francamente complicado destacar a unos por encima de otros porque todos están espléndidos pero quizás sea Annette Bening la que se lleva la palma. ¡Qué bien refleja ese corazón de oro que se niega a salir a la luz! También brilla con luz propia Naomi Wats, una actriz de una calidad superlativa a la que muchas veces no se ha dado los papeles que merece. Con menos peso en la historia pero dando vida a roles ciertamente complejos tenemos a una fantástica Kerry Washington, un Samuel L. Jackson inusualmente cercano y al cómico Jimmy Smits. Podríamos seguir así hasta el último secundario porque son todas estas interpretaciones la que convierten el film en algo único.

    En Mother and Child hay drama en cantidades ingentes -también algo de humor- pero el director se las ingenia para que no nos sature. Los protagonistas no son siempre amables pero la veracidad de su construcción, con los defectos y virtudes que definen a todo ser humano, es maravillosamente entrañable. No hace falta que la película nos explique de manera clara sus reacciones, porque se entienden por si solas. Pocas películas penetran de manera tan sutil y poderosa como esta en los sentimientos del espectador y si lo hace es gracias al soberbio reparto pero también a la delicadeza del director, que invade con su cámara las diferentes historias sin hacerles sombra, lo mismo que la música de Ed Shearmur que por momentos recuerda a la del mejor John Barry. Es la propia vida, la de todos los días, con sus pequeñas miserias y alegrías, la que circula por esos soleados barrios de Los Ángeles que retrata la película.

    Siempre he considerado el drama como uno de los géneros más complicados de llevar a buen puerto. Resulta en extremo complicado mantener el equilibrio justo entre moderación y exceso y muchas veces el resultado termina siendo desigual. Hay multitud de films (pienso ahora mismo en el Blessed de Ana Kokinos) que a pesar de presentar historias mucho más sangrantes que estas no terminan de funcionar. En efecto, en un panorama copado por dramas artificiales el hijo de Gabriel García Márquez ha conseguido hacer una película que llega directa al corazón. De hecho, llega tanto que las carambolas del film para cerrar su círculo de forma perfecta ni siquiera chirrían. Pero por encima de todo éste drama subyace ese mensaje primordial y hermosísimo acerca de los vínculos entre las personas, la sangre que queda en segundo plano frente al poder de un amor que no entiende de razas ni de edades. Una película maravillosa. Esto es sensibilidad y lo demás son tonterías.
Keichi

Malditos Bastardos (Inglourious Basterds)

Valoración: 8/10

    Inglorious Basterds
    Sin patria ni bandera


    Cuando Quentin Tarantino estrenó hace un par de años la malograda Death Proof, más de un aficionado descontento reconvertido en crítico sentenció que la carrera del director había alcanzado un punto de estancamiento. Lo cierto es que hemos de remontarnos más atrás en el tiempo, hasta la incomprendida Jackie Brown, para entender hasta qué punto el cine de Tarantino se ha radicalizado (o acomodado, según como se mire) en sus inimitables principios estéticos y narrativos. Y es que, nos guste o no, el bueno de Quentin sigue siendo único.

    Inglorious Basterds construye su historia en torno a la figura del Coronel Hans Landa, un implacable malvado al que persiguen la joven Shosanna Dreyfus y el Teniente Aldo Raine y su escuadrón de esquizofrénicos judíos cazadores de nazis. Las vendettas particulares de unos y otros convergerán en una sala de cine del París ocupado. Al más puro estilo Kill Bill, el argumento se desgaja en cinco fragmentos semi independientes, como si de pequeños cortos se tratara, de manera que las diferentes historias personales de los protagonistas terminan confluyendo en un final de traca.

    Tarantino aprovecha gran parte del metraje para sacar a relucir algunos de sus mejores diálogos hasta la fecha, logrando varias secuencias magistrales. El inicio de la película, con esa conversación estática y alargada hasta el extremo, es un claro ejemplo de cómo debe representarse una tensión sostenida en pantalla, esquema que repite en la parte de la taberna para cerrar la película con un desenlace festivo de tiroteos y explosiones. La violencia habitual del director no es ni mucho menos el plato fuerte de la película, pero cuando aparece es verdaderamente contundente. A Tarantino no le tiembla el pulso ni para saltarse a la torera todo tipo de rigor histórico y acribillar el mismísimo Hitler bajo una lluvia de balas al tiempo que teoriza sobre el poder del cine como ajustador de cuentas.

    El film cuenta con un reparto en estado de gracia que va alternando constantemente entre lenguas. Esta mixtura idiomática es maravillosa pero exige un precio: Para disfrutar Inglorious Basterds en todo su esplendor es completamente indispensable sacudirse de encima los prejuicios y verla en versión original. Brad Pitt auto descompone su condición de ídolo mediático liderando al equipo de lunáticos que componen Eli Roth, Til Schweiger, Omar Doom y los otros bastardos. No se quedan atrás Michael Fassbender, Diane Kruger, Mélanie Laurent y Daniel Brühl, éste último en un papel sorprendente. Tampoco faltan los habituales cameos, siendo los más destacados los de Mike Myers y Julie Dreyfus. Pero por encima de todos ellos destaca Christoph Waltz con un personaje que pasa automáticamente a los anales del cine. Su magistral caracterización del coronel Landa es tan paródica como terrorífica. No es de extrañar que el guión ocupe la mayor parte del metraje con su presencia. Soberbio.

    Es éste es un film que bebe más del Wéstern que del Pulp o el cine bélico clásico. De hecho, la cinefilia de Tarantino está mucho más cerca del Macaroni War de Castellari que de Los cañones de Navarone o Doce del patíbulo. El plano de la pradera desde el interior de la cabaña al más puro estilo Sergio Leone, la escopeta tras la barra como en una cantina del viejo oéste o los ecos de El Álamo de John Wayne en el tema musical que abre la película (The Green Leaves of Summer, del inmortal Dimitri Tiomkin) son referencias ineludibles. Incluso Ennio Morricone deja su impronta junto a la de David Bowie en la ecléctica banda sonora, a pesar de no haber podido participar en la misma con nuevas composiciones. Hasta esos créditos en amarillo son deliciosamente Far West.

    Inglorious Basterds es Tarantino a la máxima potencia, una sangrienta comedia coral en forma de gamberrada políglota, excesiva, irónica, meta-cinematográfica y sinvergüenza -en el mejor sentido de la palabra- que contentará a todos los que una vez dudaron de su talento. Su trabajo confirma lo que muchos ya sabíamos, que Quentin es al mismo tiempo una rata de laboratorio y un ratón de circo, un animal salvaje en libertad que lo mismo acerca sin complejos sus obsesiones cinematográficas a un público generalista que imparte una clase maestra de dirección. Malditos bastardos, si esto no es cine de altura, que me aspen...
Keichi

Los límites del Control

Valoración: 6/10

    The limits of control
    Usted no habla español, ¿verdad?


    Resulta imposible hablar de una película como The limits of control sin sacar a relucir términos como experimentación o postmodernismo. Seguro que más de uno se echa a temblar nada más escuchar estas palabras pero a diferencia de otros directores como Von Trier o David Lynch, Jim Jarmusch es demasiado serio como para partirse de risa pensando en la cara que se les ha quedado a los espectadores al salir de la sala de cine. No hay aquí un mínimo ánimo de provocación sino de superación, con todo lo malo y lo bueno que eso conlleva. Intentemos desgranar ordenadamente las claves de un trabajo que no se merece una crítica al uso como ésta.

    Un buen resumen de la película serían dos tazas de café, El embrujo de Shangai de Welles, diamantes como espejos rotos, obras de arte y cajas de cerillas en una cruzada contra los nuevos bohemios y la vida que no vale nada. Son solo algunas de las auto referencias repetidas una y otra vez a lo largo de las dos (excesivas) horas de duración del film. Dicho de otro modo, no tiene ningún sentido hablar aquí de guión ni de argumento. The limits of control es una película que busca construir su propio lenguaje narrativo como si de un sueño se tratara, con sus típicas irrealidades con cierta lógica. Así, el protagonista, un hermético Isaach De Bankolé, recorre la geografía española encontrándose con diversos sujetos con los que intercambia crípticas conversaciones y objetos varios.

    Curiosísimo el reparto de interpretaciones fugaces hasta el punto de que la excentricidad de los personajes ya suscita un cierto interés por si misma. Por citar a los más famosos, tenemos a una Tilda Swinton albina y con un paraguas transparente en un Madrid despejado, a John Hurt convertido en un encantador canalla enamorado de las guitarras de Sevilla, a Gael García Bernal transmutado en cowboy crepuscular o a Bill Murray como trajeado representante del las fuerzas del orden. Como si se sintiera en deuda con nuestra tierra el director también ha querido incluir en la historia a Luis Tosar, Oscar Jaenada y la irresistible Paz de la Huerta, cuyo cuerpo es todo un ejercicio de autocontrol para el silencioso protagonista.

    Jarmusch sigue siendo un fantástico creador de imágenes y atmósferas. Cada encuentro del hombre solitario está captado a través de una luz que es la misma y a un tiempo distinta, gracias a la reconocible fotografía del afamado Christopher Doyle. No es de extrañar que el carácter contemplativo y surrealista del film nos pasee por la salas del Reina Sofía o nos lleve a escuchar un ensayo íntegro de un recital de flamenco. Aunque rodada en España, durante algunos momentos de su desarrollo cíclico el film pretende desubicarse en el tiempo y el espacio. El director y su colaborador se permiten incluso el lujo de recrear un ambiente de spaghetti wéstern a su paso por los desiertos de Almería.

    Con todo, la hipnótica odisea de Jarmusch está lejos de ser perfecta. Una vez asumido el diálogo que el film entabla con su público y entendidas las motivaciones del director, todos esperamos algo más una vez acabada la película, una recompensa a nuestras pesquisas que el desenlace no está dispuesto a ofrecernos. ¿Interpretaciones? Todas. ¿Soluciones? Ninguna. El propio malvado del film nos pregunta cómo hemos sido capaces de llegar hasta ese final y es el protagonista quién se encarga de responderle por nosotros. O al menos por todos aquellos cuya imaginación haya sido capaz de inventar una lógica a la película o desentenderse de la misma, al fin y al cabo otra posible salida del laberinto imaginativo de Jarmusch.

    Definitivamente, The limits of control es una película para muy poca gente. No serán pocos los que se dejen arrastrar al cine atraídos por los grandes nombres de su reparto para encontrarse luego con un trabajo abstracto sin pies ni cabeza. Y es que la propuesta exige del espectador una mentalidad abierta e imaginativa y ciertas dosis de paciencia para ser degustada, aunque el conjunto no termine de emocionarnos. Esta es una de esas películas que transcurre por los límites de la cinematografía y que, de hecho, es más arte que cine. Está claro que Jim Jarmusch no habla castellano, ni siquiera un idioma cinematográfico o narrativo que alguien de éste planeta comprenda. Y sin embargo, algunos le entendemos.
Keichi

El día en el que Dios se fue de Viaje (Le jour ou dieu est parti en voyage)

Valoración: 6/10

    Le jour ou dieu est parti en voyage
    El Infierno en Ruanda


    Comencemos esta reseña con una necesaria contextualización histórica: En 1994, en medio de un clima social cada vez más crispado, facciones radicales de la etnia hutu masacraron a 800.000 civiles ruandeses en la que es una de las mayores tragedias humanas de la historia moderna. El género documental ha abordado en numerosas ocasiones aquellos eventos pero, repitiendo la indiferencia internacional que los rodeó en su momento, el cine de ficción no ha querido profundizar demasiado en aquella matanza. Muy al contrario, el cineasta belga Philippe Van Leeuw -un hombre que ha trabajado con grandes directores del cine francés como Bruno Dumont- aborda ese trágico período a través de su primera película como director.

    Van Leeuw decide exponer la tragedia de los tutsis desde un punto de vista intimista pero no por ello menos cáustico. El contexto histórico y político del genocidio de Ruanda queda relegado al olvido en favor de los dramas personales de los supervivientes. En éste caso se trata del de Jacqueline, una joven tutsi que trabaja de niñera en la casa de una familia belga cuando estalla la masacre. Escondida en la buhardilla de la residencia, Jacqueline consigue escapar a los asaltantes solo para encontrarse con que sus dos hijos han sido asesinados. Huyendo a la espesura de la selva la mujer se topa con otro superviviente gravemente herido.

    El film de Philippe Van Leeuw es una descorazonadora exploración del desaliento, la demencia indiferente que invade a la persona cuando ya no le queda absolutamente nada. Da la impresión de que la protagonista de la historia se esfuerce en sobrevivir por puro instinto animal, relegada su condición humana a un segundo plano. Así, asistimos a una especie de regresión evolutiva a las necesidades básicas del ser humano (el sexo al calor de la hoguera, el hombre con la lanza en la mano en busca de alimento) que solo deja paso a la más absoluta locura. La selva de la película es un verdadero laberinto de dolor cuya única salida es la muerte.

    Para escenificar toda esta decadencia el director recurre al plano fijo, retratando a los asesinos desde la distancia pero acercando a un tiempo la cámara al rostro de su víctima. Tan solo en un par de escenas se permite Van Leeuw acelerar la acción mediante mecanismos diferentes, en ese comienzo soberbio con la protagonista escondida mientras se escuchan las voces de los invasores y en esa otra escena de persecución completamente desquiciada por la espesura machete en mano. Durante el resto del metraje la cámara prefiere detener su mirada en la vegetación de una jungla cuya espesura no deja ver el cielo.

    Siguiendo con la tónica intimista, Le jour ou dieu est parti en voyage solo recurre a dos personajes para contar su tragedia. Ruth Nirere se encarga con solvencia de dar vida a Jacqueline mientras que Afazi Dewaele suscribe su presencia a la del papel secundario. A la actriz principal le viene un poco grande el rol protagonista pero sus enormes ojos desprovistos de luz indican que ha sabido interiorizar a la perfección la desesperación inerte de su personaje bañado en sangre, lágrimas, orina y barro. El intento de suicidio en el agua que en un principio se había convertido en su salvación es solo el preludio a esa otra solución final, ese abandono a la suerte de una persona que termina por convertirse en un auténtico muerto viviente.

    Quién sabe qué formas de exteriorizar el horror ingeniarían los propios supervivientes de las masacres africanas de poder hacerlo en forma de celuloide. Mientras África no pueda filmar sus propias historias deberán de ser directores comprometidos con sus dramas como Philippe Van Leeuw quienes lo hagan por ellos. A su opera prima le falta cierta contundencia pero no cabe duda de que ha sabido hacer llegar al espectador el infierno de Ruanda a través de un film pequeño y loable en su denuncia. Quizás sea ese magnífico plano de la protagonista con el crucifijo puesto del revés sobre la frente el que mejor resume el angustioso mensaje de su película. Dios se ha marchado de viaje: En su ausencia todo es muerte.
Keichi

Destino: Woodstock (Taking Woodstock)


Valoración: 8/10

    Taking Woodstock
    Viaje al centro del universo


    Si tuviésemos que escoger un adjetivo para definir el cine de Ang Lee, la palabra adecuada sería probablemente versátil. Desde que se estrenara en el mundo del largometraje con Manos que empujan, allá por 1992, el director taiwanés ha sabido llevar a buen puerto proyectos radicalmente dispares. Y es que, más allá de un montaje soberbio, nada tienen en común películas como La tormenta de hielo, Tigre y Dragón, Hulk, Brokeback Mountain o Deseo, Peligro. De hecho, resulta imposible adivinar con qué nueva historia nos sorprenderá Ang Lee después de ofrecernos esta visión optimista y nostálgica del evento que puso fina toda una época de pacifismo y buen rollo.

    Verano de 1969. Forzado a abandonar una malograda carrera como decorador, Eliot malgasta su juventud y su talento tratando de sacar adelante el ruinoso motel de sus padres. El destino cambiará su vida y la de muchos otros cuando consiga traer a su rural White Lake el mayor festival de música de todos los tiempos. Tras la llegada de los organizadores y el comienzo de los preparativos, una oleada de personas comienza a invadir la zona transformando todo a su paso. Éste argumento sirve de excusa al director para embarcarnos en un viaje exento de valoraciones morales sobre una generación cuyos ideales llegaron a su máximo apogeo con Woodstock.

    Al guión de James Schamus -basado en la novela autobiográfica del propio Elliot Tiber y Tom Monte- no le interesa indagar en el fenómeno de la contracultura o sus connotaciones socio-políticas ni en las actuaciones de Janis Joplin, los Grateful Dead o The Who. Por no enseñar, no aparece ninguna imagen del concierto propiamente dicho a excepción de unos difuminados segundos. Muy al contrario, el retrato de la cultura hippie se aborda a través sus pequeñas historias, anécdotas y personajes anónimos. Y a buena fe que consigue dar una idea de lo que fue y simbolizó Woodstock por aquel entonces. Esos tres días de paz y música aparecen perfectamente descritos en una comedia con momentos verdaderamente hilarantes que además sobrevuela temas representativos del movimiento hippie como la sexualidad, el materialismo o el auto-descubrimiento.

    El actor Demetri Martin ejerce correctamente de hilo conductor de la historia y hace las veces de observador de los acontecimientos pero no es el encargado de hacer reír al personal. Aunque los antagónicos padres del protagonista a los que dan vida Henry Goodman y una fabulosa Imelda Staunton dan mucho juego, son personajes como el excombatiente de Vietnam traumatizado, los actores de vanguardia nudistas o la désternillante Vilma -encontramos aquí a secundarios de lujo como Eugene Levy, Liev Schreiber, Emile Hirsch, Jonathan Groff o Dan Fogler- los que los que terminan de enamorar al espectador con sus excentricidades entrañables. A destacar ese viaje alucinógeno del protagonista con Paul Dano y Kelli Garner en el interior de la furgoneta que acaba en un mar de olas humanas que emanan del escenario, probablemente la escena más sorprendente y memorable de toda la película.

    La ambientación del film está cuidada al milímetro, desde el pequeño detalle hasta ese soberbio plano al ralentí con cientos de extras dirigiéndose hacia el concierto por la carretera. Aunque hayan pasado cuarenta años, tenemos la plena sensación de estar allí. No solo se trata del atrezzo, porque para recrear toda la estética del Flower Power de finales de los sesenta también se intercalan algunas escenas rodadas en Súper 8 e incluso se utilizan pantallas partidas en clara referencia al famoso documental de Michael Wadleigh. Evidentemente, no se podía dejar pasar de largo un recurso tan necesario como la música de The Doors, Jefferson Airplane, Richie Havens y otras formaciones representativas de los sesenta, pero la película también sabe dejar espacio a la curiosa banda sonora del polifacético Danny Elfman.

    Uno debe descubrise ante el talento de Ang Lee, que aún habiendo sido educado en Estados Unidos sabe retratar maravillosamente una época que no conoció de primera mano. Seguramente habrá quien piense que Taking Woodstock es demasiado difusa al esbozar sus pequeñas pinceladas dramáticas o la considere una obra menor del director por el simple hecho de no querer profundizar demasiado en el universo que retrata, pero es precisamente esa luminosa falta de pretensiones lo que la convierte en una película maravillosa. Nada más verla a uno le entran ganas de despelotarse, pintarse un símbolo de la paz en la frente y echarse unos canutos a la salud del mismísimo Jimi Hendrix.
Keichi

Vengeance


Valoración: 6/10

    Vengeance
    Venganza sin memoria


    Un espectador no iniciado en materia podría pensar que Vengeance es la enésima producción heredera de la escuela de John Woo. ¿En qué difieren exactamente los films de Johnnie To respecto del resto de películas chinas de acción? Pues básicamente en que, más que en la pirotecnia, To está interesado en capturar la violencia a través del estilismo. El propio realizador ha asegurado en numerosas ocasiones que nunca ha querido convertir esa violencia suya en poesía tal y como hace su colega Quentin Tarantino. Lo cierto es que hay una cierta épica en sus tiroteos, pero su clave está en las formas más que en el fondo.

    Así, Vengeance cuenta la historia de un cocinero francés de dudoso pasado obsesionado con acabar con los asesinos de su única familia. Da la impresión de que a Johnnie To y su colaborador habitual Wai Ka Fai les da un poco igual lo que están contando siempre que sirva para ejercitar su habitual estilo cinematográfico. Eso explica las continuas incongruencias de un argumento que es una mera excusa para enzarzarse en una ensalada de tiros tras otra. Mejor no darle demasiadas vueltas a la facilidad con la que los mercenarios dan con los responsables del asesinato en Macau o la rapidez con la que la bala alojada en el cerebro del protagonista comienza a debilitar su memoria. Las fotografías de los aliados, el nombre del objetivo grabado en la pistola… ¿De qué sirve la venganza cuando uno no puede recordar de dónde proviene?

    Las interpretaciones tampoco importan demasiado en una película en la que los personajes son asesinos de honor condenados a sonreír antes de caer en mitad del duelo. El emblemático cantante francés Johnny Hallyday queda perfectamente caricaturizado en un papel que en un principio estaba destinado nada más y nada menos que a Alain Delon. No importa que Hallyday sea incapaz de mover dos músculos de la cara al mismo tiempo porque al igual que pasaba con actores como Charlton Heston (otro intérprete de piedra) aquí lo que cuenta es la presencia y eso le sobra. El entrañable trío formado por Anthony Wong, Suet Lam y Lam Ka Tung, todos ellos habituales del director, también funciona y lo mismo puede decirse del arquetípico malvado interpretado por Simon Yam.

    To deja patente su maestría en el brutal prólogo -digno del mismísimo Sam Peckinpah- que abre la película y en toda esa galería de tiroteos que van desde la carrera al ralentí a la cambiante luz de luna a un espectáculo de feria con esencia de Wéstern en el que los protagonistas aguantan una lluvia de balas cercados por montones de basura comprimida. El plato fuerte del film son sin duda todos esos momentos en los que el tiempo se detiene y las leyes de la física y la lógica abandonan la pantalla. Las pistolas disparan cientos de descargas sin detenerse, las balas pasan rozando a los actores una y otra vez y todo se convierte en una hipnótica coreografía de percutores y gatillos. Lo cierto es que son tantas que pueden acabar cansando. Sobra mucho bullet time y faltan escenas como esa en la que el Costello cocina para sus sicarios o compite con ellos a ver quién es el más rápido montando el arma.

    Dejando a un lado su estilizada violencia, Vengeance es una película indudablemente mediocre a la que le falta profundidad y sobra metraje. Si alguien ha querido ver en ella un acercamiento al Polar francés no podía estar más equivocado porque lo cierto es que se emparienta más con Takeshi Kitano que con Jean-Pierre Melville. Se deja ver pero a nadie le temblará el pulso a la hora de decir que el nuevo trabajo de Johnnie To no está a la altura de las grandes obras del director como Exiled o Election. Más allá de la filosofía que invade la propuesta uno puede llegar incluso a cuestionarse si esta obsesión por el formalismo no esconde en realidad una alarmante falta de entretenimiento. El suyo es un cine made in Hong Kong mucho más académico de lo habitual pero también menos ocurrente. Quizás Hard Boiled fuera peor película que esta pero sin duda también era más divertida.
Keichi

Yuki & Nina


Valoración: 6/10

    Yuki & Nina
    Murakami mon amour

    Francia y Japón: Dos culturas separadas por la distancia a las que une un vínculo amoroso. En las últimas décadas ambos países han mantenido una relación de mutua fascinación, reciprocidad que ha dado unos cuantos frutos notables en el terreno cinematográfico. Nobuhiro Suwa es con mucho uno de los cineastas japoneses modernos que más ha cultivado éste contacto con el país galo. No es casualidad que fuera él quien volviera a revisitar un película tan emblemática en éste campo como lo es Hiroshima mon amour. En esta ocasión Suwa se ha alíado con el actor Hippolyte Girardot -al que ya dirigió en su fragmento de la ecléctica Paris je t'aime- para narrarnos una pequeña historia sobre el destino de dos niñas.

    Noë Sampy y Arielle Moutel dan vida a Yuki y Nina, dos amigas inseparables que ven peligrar su relación cuando los padres de Yuki (Tsuyu Shimizu y el propio Girardot) deciden separarse. Las pequeñas idearán entonces diversos planes con el fin de evitar que Yuki se vaya con su madre a Japón. El gran problema del film es que durante gran parte del metraje no ocurre absolutamente nada más. El realizador de H Story parece haber heredado de Resnais un gusto por la pausa que sumar al tradicional afán contemplativo del cine japonés. Suwa capta a la perfección la cotidianeidad de las dos pequeñas en sus juegos, discusiones e inventivas y no se puede negar el fantástico naturalismo que impregna toda su película, pero no es menos cierto que otros autores han conseguido retratar estos temas de un modo menos tedioso. Ahí queda como amargo recordatorio el Dare mo shiranai de su compatriota Hirokazu Koreeda, un film igualmente suspendido, rodado casi en clave documental, pero que sin embargo no arrastra tras de si la misma lacra.

    Es en el último tramo, cuando el espectador poco paciente ha perdido ya casi todo el interés, cuando la película se adentra en un terreno diferente. La catarsis de Yuki en su viaje a través de la naturaleza nos adentra en un universo imaginativo en el que la historia encuentra por fin su metáfora. La figura del bosque, profundamente enraizada en la cultura japonesa, asume una función de puerta a otro mundo en el que pasado y futuro se fusionan. Es un viaje iniciático hacia otra realidad del cual la protagonista vuelve cambiada, asumiendo que existe otra vida posible en ese destino que tanto ha rehuido. Encontramos aquí la sombra de muchas producciones niponas tales como la animada Heisei tanuki gassen pompoko de Isao Takahata, El bosque del luto de Naomi Kawase y sobre todo un poderoso eco a Haruki Murakami y su novela Kafka en la orilla.

    Uno entiende perfectamente por qué esta película en clave de arte y ensayo camuflado ha gustado tanto en la Quincena de los Realizadores de Cannes. El tándem Suwa & Girardot ha cristalizado en un rodaje a medio camino entre dos continentes libre de ataduras y completamente atípico. En éste ambiente de improvisación la autoría del film se diluye, aunque podemos conjeturar perfectamente quién se ha encargado de cada cosa. La cinematografía hiperrealista del film acerca la cámara a la altura de las niñas protagonistas, recurriendo siempre a una fotografía en extremo nítida y usando planos fijos que dejan en última instancia al silencio como narrador. Solo en el tramo del bosque se permite el director jugar con el estilismo lírico propio de su nacionalidad.

    Resultará difícil encontrar una salida comercial a ésta película más allá de los festivales internacionales y las escuelas de cine. Como toda obra experimental, Yuki & Nina es una propuesta que ha de verse necesariamente con un espíritu abierto ya que su narrativa congelada no es apta para todo el mundo. Aunque interesante, el trabajo de Suwa y Girardot plantea una mixtura de culturas y autores no del todo bien resuelta que hubiera funcionado mucho mejor en forma de corto. Y es que el aburrimiento en el cine siempre ha de tener una buena excusa detrás. En éste caso, la de la experimentación no es suficiente.
Keichi

Yo, También


Valoración: 6/10           

    Yo, también
    Y nosotros tampoco

    Dejemos las cosas claras: No seré yo quien diga que en España solo sabemos hacer películas sobre prostitutas, mujeres maltratadas, toxicómanos y discapacitados, pero es innegable que al cine español no le sobran ideas. Lo cierto es que resulta muy complicado defender la originalidad temática en un panorama copado una y mil veces por un cine social que generalmente tiene mucho más de drama que de denuncia. Aunque habrá quien piense que en éste campo nuestro cine tiene un público fiel y se mueve como pez en el agua, toda producción española de éste tipo parte en clara desventaja.

    El protagonista de Yo, también es Daniel, un chaval que tiene el honor de ser el primer licenciado con Síndrome de Down del país -tanto en la vida real como en la ficción- y que afronta su primer trabajo en un puesto de funcionario. Si Daniel es una persona discapacitada pero intelectualmente lúcida (y de qué manera) su compañera Laura adolece de una verdadera discapacidad emocional. Incapaz de poner en orden su corazón y su vida personal, Laura encontrará en Daniel un fiel confidente, aunque evidentemente termine despertando en él algo mucho más profundo que la amistad.

    Desde sus inicios en el mundo del cortometraje, Álvaro Pastor y Antonio Naharro han mostrado una fuerte implicación personal con las personas afectadas con Síndrome de Down. La primera virtud de Yo, también es que no es una producción oportunista y eso se deja notar en el resultado. La película está interesada en hacernos reflexionar sobre los tabúes de la sexualidad en los deficientes mentales, en la realidad de esos bailarines que no son niños en absoluto y que también sufren, aman y follan. Eso explica la singularidad de un guión más interesado en el humor que en el drama pero que no descuida en absoluto el elemento concienciador. En otras manos una historia de éste tipo podía haber caído fácilmente en el espectro lacrimógeno pero la película decide ahorramos éste apartado, ayudando además a la normalización de lo que está contando.

    Sin alardes ni excesos, los directores recurren a una cámara nerviosa y a la fotografía pálida habitual de éste tipo de producciones, dejando el protagonismo a los actores. Aunque la película malgasta parte de su metraje en historias secundarias sin mayor interés -sobre todo el drama familiar de Laura- también nos deja con algunas escenas notables como la del burdel o esa en la que la madre del protagonista se disculpa por haber contribuido a un desarrollo intelectual que a la larga solamente conduce a la frustración. Como fan declarado del compositor Guille Milkyway no puedo sino celebrar la curiosa selección de música indie (el término le viene que ni pintado a la película) que suena a lo largo del film, tema de La Casa Azul y rumba al estilo naif pop incluidos.

    La película no funcionaría de no ser por sus dos intérpretes principales. Las dos Conchas de Plata obtenidas por Lola Dueñas y Pablo Pineda en el Festival de Cine de San Sebastián frente a verdaderos monstruos como Robert Duval o Ricardo Darín han generado demasiada polémica como para no pronunciarse al respecto. De Lola Dueñas sobran todas las opiniones que pongan en duda su calidad como actriz, una de las mejores del panorama nacional. En cuanto a Pineda, el sevillano firma una primera interpretación muy meritoria dando vida a un personaje con el que comparte gran parte de su historia personal. Colegueos y simpatías aparte, un galardón ampliamente merecido, aunque se puedan objetar ciertas pegas a su papel. Dejaremos en simpáticos a los secundarios, entre los que encontramos a uno de los directores.

    La ópera prima de Álvaro Pastor y Antonio Naharro está llamada a convertirse en uno de los fenómenos cinematográficos nacionales del año. No le sobran motivos por haber sabido tratar un tema delicado con una sensibilidad fuera de toda duda a través de una película que dice sí al humor sencillo y entrañable frente a la lágrima fácil. Ante todo, la historia de Laura y Daniel nos llega. Es una lástima que más allá de ese adentramiento en las raíces de la discriminación mediante una historia de amor sin referentes todo termine en el final agridulce acostumbrado. Y ahí está precisamente la gran pega de Yo, también. A pesar de que en ésta película el drama social está diluido en unas buenas dosis de carcajadas, sigue siendo más de lo mismo.
Enoch  

Los Condenados


Valoración: 8/10

    Los condenados
    En la prisión del pasado

    Isaki Lacuesta es un realizador independiente que ya atrajo la atención de la crítica con sus documentales Cravan versus Cravan y La leyenda del tiempo, un joven inquieto que ha participado en proyectos junto a gente tan reputada como la japonesa Naomi Kawase. En esta ocasión el director cambia de tercio con una película de ficción sobre dos antiguos guerrilleros dispuestos a encontrar el cadáver de un compañero caído en combate treinta años atrás. Raúl y Martín no son los únicos en participar en la excavación pues también se les une la familia del desaparecido. A medida que pasan los días, el pasado regresa con fuerza a un rincón de la jungla en el que aún parecen resonar los ecos de los disparos, aunque más que en la espesura lo hagan en la cabeza de los protagonistas.

    La película de Lacuesta está claramente influenciada por su carrera documentalista. No hay apenas simbolismo en esas imágenes selváticas ni se quiere abusar del entorno natural más allá del retrato. Lo cierto es que la técnica documental aplicada a la ficción tiene aquí un claro propósito y es el de buscar la imparcialidad para que sea el espectador el que entre a valorar la historia que se le cuenta. El film no se posiciona sobre el verdadero valor de los ideales, el deber por encima de la amistad o la traición en tiempos de guerra, sino que somos nosotros los que tenemos que entrar en cuestiones nada fáciles sobre el concepto del héroe en la lucha armada. Es todo un acierto si se piensa que los mensajes del film son universales, de ahí que la referencia al conflicto vasco no sea casual. De hecho, en ningún momento llegamos a saber exactamente en qué lugar estamos situados, aunque el acento argentino de los actores los delata.

    Resulta sorprendente que Lacuesta haya sabido hacer suyos temas puramente latinoamericanos, un continente cuyo cine ha quedado irremisiblemente marcado por un pasado de dictaduras y contiendas civiles. El ejemplo más claro es el de la visión de todos estos hechos desde la perspectiva de las nuevas generaciones, una preocupación que podíamos ver por ejemplo en la fantástica Calle Santa Fé, de la chilena y también documentalista Carmen Castillo. Hay mucho de ese choque generacional en Los condenados, la decepción de unos luchadores que después de tanto defender sus ideales se encuentran con unos jóvenes divididos entre los que sienten una total desgana por el pasado y los que juegan a ser soldados revolucionarios armados con camisetas del Ché Guevara.

    A destacar todo el reparto, intérpretes de miradas poderosas y resonantes capitaneados por un fantástico Daniel Fanego (Luna de Avellaneda) y unos solventes Arturo Gotees, y Leonor Manso, rostros ajados y amargados por la culpabilidad o el rencor pero que a veces encuentran un pequeño momento para emborracharse y mirar hacia atrás con nostalgia. En el plano técnico, además de las citadas tomas paisajísticas y una cuidada fotografía, merece la pena hablar del estupendo trabajo realizado por los técnicos del equipo de sonido. Se ha hecho especial hincapié en los ruidos opresivos de la selva a los que imita por momentos la música de Gerard Gil y que contribuyen a crear una atmósfera claustrofóbica e incluso amenazante.

    Quizás haya espectadores que consideren a Los condenados un film sin un desenlace concreto. ¿Adónde conduce tanta reflexión? La película no nos lo explica ni falta que hace. El plano de la jungla que se va cubriendo de niebla, ese abandono final del protagonista a la condena, al pasado que no se puede cambiar y que le perseguirá hasta la muerte, lo resume todo. Perfecto cierre para una película profunda, intensa e interesante en sus reflexiones que se desprende por completo de las etiquetas del cine nacional. Merecidísimo premio FIPRESCI otorgado en el Festival de Cine de San Sebastián. Habrá que seguir con atención la trayectoria de éste magnífico realizador con los ojos puestos en la inmensidad del mundo. Una vez más, parece que España tiene que volverse hacia Latinoamérica para -nunca mejor dicho- desenterrar viejos fantasmas.
Keichi

Haciendo planes para Lena (Non ma fille, tu n'iras pas danser)

Valoración: 4/10

    Making plans for Lena
    Crónica de la infelicidad

    Hay películas que se mantienen en la memoria del espectador por ser una verdadera tomadura de pelo. Precisamente, el año pasado Christophe Honoré levantó una airada polémica en el Festival de Cine de San Sebastián con la artificialidad de La belle persone. Lejos de amilanarse ante las críticas, el realizador galo regresa a Donostia con un nuevo trabajo bajo el brazo. En esta ocasión el director de Les chansons d´amour o Dans Paris cambia la teatralidad de sus amores de instituto por un drama familiar a la francesa mucho más sobrio pero igualmente pretencioso en sus reflexiones. Veamos si ha conseguido superarse.

    Chiara Mastroianni da vida a Lena, una mujer que cuida de sus hijos tras separarse de su marido. Lo que prometía ser una agradable reunión familiar en la bucólica Bretaña pronto se convierte en una encerrona cuando Lena descubre que sus padres también han invitado a su ex pareja al encuentro. Desde su mismo comienzo, podría decirse que Making plans for Lena -Non ma fille, tu n'iras pas danser en el original francés- es una crónica de la infelicidad, un retrato exasperante de una mujer eternamente amargada, un ser inestable incapaz de amar a los demás y mucho menos a si misma al que le cuesta tanto trabajo hacerse cargo de sus hijos como de un pajarillo herido.

    El film de Honoré está dividido en dos partes. El tramo de Bretaña es sin duda el mejor de la película. El director sabe presentar a los personajes y hacernos comprender los especiales vínculos que les unen. El carácter contradictorio de Lena queda reflejado en las palabras hirientes que cada miembro de la familia deja caer constantemente pero que no empañan sus pequeños gestos de amor. Por desgracia, cuando la historia regresa a Paris y se centra exclusivamente en la protagonista, cambiando los paisajes naturales por unas habitaciones cerradas y grises, el ritmo se resiente irremediablemente. Entre una y otra parte Honoré tiene el descaro de colocarnos una alargadísima pieza de danza y folklore bretón so pretexto de retratar una leyenda tradicional cuya metáfora es insoportablemente presuntuosa. ¿Realmente era necesario usar éste recurso para darnos a entender que la protagonista destruye todo lo que quiere?

    La película apuesta por una dirección sobria que sabe hacer un buen uso de la fotografía y dejar que sean los actores los que conduzcan el relato. La hija de Marcello Mastroianni y Catherine Deneuve da todo un recital interpretativo recreando a un personaje desquiciante hasta la extenuación con su mirada nerviosa, su deambular indeciso y sus lágrimas. También resultan reseñables los trabajos de Marie-Christine Barrault y Fred Ulysse como el matrimonio de ancianos que no han renunciado al amor en el ocaso de sus vidas. Marina Fois y Jean-Marc Barr también convencen. El director aprovecha la coyuntura para colar en el reparto a su hermano (Julien Honoré) y su pareja (Alice Butaud), aunque tampoco se nota demasiado. Por descontado, Louis Garrel también tiene su momento de gloria, aunque sigue firmando un papel igual de frío que en sus anteriores trabajos junto a Honoré, una habitualidad que no encuentra justificación más allá de su apellido.

    Llegado el momento de hacer balance uno se encuentra con un buen planteamiento inicial y unas excelentes interpretaciones. Aunque para muchos pasará desapercibida, también hay detrás una buena banda sonora del compositor Alex Beaupain, acompañada en el final por un tema de Antony and the Johnsons al más puro estilo Isabel Coixet. En contra tenemos una película tremendamente difusa en sus planteamientos cuyo interés va de más a menos, empujado por unos personajes a los que no comprendemos y por sus pretensiones reflexivas sobre las responsabilidades de la mujer actual en una nueva burguesía francesa en la que los hijos heredan todo el mal de sus padres.

    Christophe Honoré deja claro que sigue siendo un listillo al que le gusta considerarse heredero de Truffaut o Louis Maille en sus intentos continuistas con las tesis de la Nouvelle Vague. En cierto modo Making plans for Lena es también una crónica del estancamiento del cine francés en una serie de temáticas demasiado explotadas -sin ir más lejos, Las horas del verano de Olivier Assayas o Conte de Noël de Arnaud Desplechin, también con Chiara Mastroianni como protagonista- y en las que más que el contenido prima la figura del “auteur”. En esta ocasión su pedantería se soporta por poco. Seguro que a los del Cahiers du Cinemá les encanta.
Keichi

This is Love


Valoración: 6/10

    This is love
    Del amor a la locura

    Después de vivir su propia nueva ola de autores con Herzog, Wenders o Fassbinder, las películas alemanas vuelven a estar de moda gracias a éxitos como Good bye, Lenin!, Los educadores o La vida de los otros. Solo un cine maduro y con una larga tradición histórica como el alemán puede adentrarse en temáticas como las que aborda Matthias Glasner en esta película, un director al que le gusta analizar los recovecos más oscuros del ser humano. Si en su anterior trabajo -Der freie Wille- nos metía en la mente de un violador, ahora analiza las extrañas y cuestionables formas que puede llegar a adoptar el amor en determinadas situaciones.

    La película se compone de dos tramas separadas que terminan confluyendo en una sola. De un lado tenemos a Chris, un hombre que se dedica a comprar niñas a los proxenetas de Vietnam para venderlas en adopción a parejas de Alemania y que entabla una relación especial con una de ellas. De otra parte está Maggie, una inspectora de policía que no levanta cabeza desde que su marido la abandonara hace dieciséis años. Por desgracia, ambas historias no despiertan el mismo interés. Mientras que el drama interno de Chris ocupa toda nuestra atención, la historia de su compañera no debiera ir más allá de mostrarnos otro modo en el cual el amor se desfigura. De haberse ahorrado algunos detalles como la relación de Maggie con su hija la película ganaría muchos enteros.

    Aunque el elemento drama supera con creces al policiaco, la atmósfera de calles oscuras barridas por la lluvia y apartamentos bañados por una luz sin calor en la que se mueve el film pertenece claramente al mundo del thriller, un género que Matthias Glasner ya había cultivado con éxito en sus incursiones televisivas. This is love hace honor a la sobriedad del cine germano. Quizás precisamente por esa contención del conjunto, al director la película se le va de las manos en más de una ocasión. Por mucho que quiera mostrarnos lo hundidos psicológicamente e identificados que están sus personajes que la policía acuda borracha a su trabajo día tras día hasta el punto de arrastrarse por el suelo junto a su interrogado es pasarse de la raya.

    El actor danés Jens Albinus y la alemana Corinna Harfouch, están fantásticos pero el mayor descubrimiento del film es sin duda el de Lisa Nguyen como la pequeña Jenjira. El ambiguo personaje que interpreta es de una complejidad fuera de toda duda hasta el punto de que en manos de una actriz menos dotada la película se hubiera hundido en desgracia. Buenos papeles también de los secundarios, entre los que encontramos a Devid Striesow y Jürgen Vogel, un habitual del director al que los espectadores españoles reconocerán como el revolucionario profesor de la clase de La ola.

    La relación padre-amante entre Chris y Jenjira es a un mismo tiempo el punto más interesante del film y el más controvertido. Al abordarla el film de Glasner se adentra en un terreo peligroso en el que la mayor amenaza no son los mafiosos que persiguen a la niña sino los justificados tabúes sociales que no toleran las relaciones entre adultos y niños, una sexualidad que en esta historia casi podríamos calificar de incestuosa. No es de extrañar que el evento que desencadena la huida definitiva de Chris sea precisamente el asesinato del asistente social que pretende llevarse a la pequeña. Muchas preguntas incómodas rondan nuestras cabezas: ¿Quién se aprovecha de quién en esta relación imposible? ¿Idealiza el film la figura del pederasta? ¿Se puede llegar a tolerar la pedofilia en determinados casos? Lo cierto es que, mal entendido, el discurso de esta película puede resultar nauseabundo para muchos espectadores.

    This is love es una película bien construida y mejor rodada que nos deja escenas tan contundentes como la del accidente -un aplauso a la sutileza de los efectos digitales- o tan bien resueltas como la del encuentro de Chris con su padre en el partido de squash, con esos planos alternados en los que nunca aparecen los dos juntos. A pesar de todo, el film de Matthias Glasner es un trabajo no del todo bien hilado, con algunos excesos y al que además le sobran muchos minutos. Todo eso no es óbice para reconocer la valentía de una historia que se adentra en terrenos moralmente cuestionables. Su visión del amor es de todo menos agradable. Ya lo dice la frase de Graham Greene que abre la película: La inocencia es una clase de locura.
Keichi