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Tuesday, October 4, 2011

Snowtown


Valoración: 7/10

Desde las antípodas llega la película “Snowtown” del director Justin Kurzel, una dura propuesta cuyo guión firma él mismo junto a Shaun Grant y se basa en una serie de cruentos acontecimientos sucedidos en su ciudad natal, una cadena de asesinatos en serie que pertenece ya a la crónica más negra del país.

El film nos narra el viaje a las tinieblas de un adolescente que, tras sufrir abusos sexuales cae bajo la protección de una paternal figura que, en una supuesta cruzada por la justicia y la venganza lo arrastra a una espiral de violencia, fanatismo y crimen más allá de todo límite.

Desagradable, visceral y malsana es la película, como la historia que cuenta. Unos ambientes decadentes , corruptos y enervantes, unas interpretaciones (Daniel Henshall, Lucas Pittaway, Craig Coyne… etc) desgarradas y muy meritorias dado que gran parte del reparto se compone de actores amateurs seleccionados en el área misma del rodaje y una nula concesión al espectador, atacando a su mismo sistema nervioso y despertando una potente catarsis, una continua sensación de rechazo y repulsión mediante un guión elaborado y una conjunción de elementos que generan un ambiente perfecto, infernal.

No es, sin duda, un producto para todos los públicos. Es un film duro, en lo que cuenta y en el cómo lo cuenta, una película para impactar y perdurar en la memoria y, aunque pueda rozar lo desagradable, no deja por ello de ser un ejercicio de buen cine. Interesante. 

- Enoch - 

Tuesday, September 13, 2011

Poesía (Poetry)


Valoración: 8/10

A estas alturas a ningún cinéfilo que se precie le tiembla el pulso a la hora de calificar al cine de Corea del Sur como uno de los más líricos -si no el que más- del panorama internacional. Directores como Kim Ki-duk, Bong Joon-ho o Park Chan-wook han demostrado ser verdaderos poetas de la imagen, capaces de convertir en belleza lo terrible a través de su cámara. Poetry, la nueva propuesta del prometedor Chang-dong Lee es bastante menos extrema que las de sus citados compatriotas, pero no por ello se aleja de su ilustre estela.

El film nos presenta a Mija, una sexagenaria dedicada en cuerpo y alma al cuidado de su insoportable nieto. Cuando este es acusado de una violación que ha llevado a una joven al suicidio la anciana comenzará a ver la vida con otros ojos. Si de unos elementos similares -el familiar malvado, la vejez, el olvido- Bong Joon-ho se sacaba de la manga un magnífico thriller con Mother, para Chang-dong Lee el drama llega a través de una exposición pausada, desprovista de sentimentalismo pero increíblemente conmovedora gracias a un verdadero recital de sutileza y buen cine.

La película nos habla de una dignidad que planta cara sin victoria posible no solo a las atrocidades del nieto, sino también a una sociedad corrupta y cínica, esa mafia de padres y profesores incapaz de mostrar un atisbo de sentimiento, un aferrarse a la vida y a la memoria -aunque sea incómoda- frente a la deshumanización del mundo. No es la única lectura del film, pues Poetry aborda en sus diálogos (los foráneos nos perdemos todas las sutilezas de los recitales) algunas de las cuestiones que más han preocupado a la dialéctica poética moderna y muy especialmente a la poesía hispanoamericana, temas como la originalidad del creacionismo o la discusión en torno al poema entendido como espejo y exorcismo de nuestros miedos y esperanzas.

Poetry crece gracias al intachable trabajo de la veterana actriz Jeong-hee Yoon, que con más de trescientas películas a sus espaldas firma aquí una grandiosa interpretación protagonista después de dieciséis años alejada de las cámaras. Ni que decir tiene que la fotografía del film nos depara grandes momentos. Aunque los actores se llevan gran parte del protagonismo, la cámara también nos regala algunas escenas de belleza contemplativa como el largo plano del río que abre el film, contrapuesto a ese precioso final, el poema que recita primero la anciana y enlaza con la niña, la personificación del dolor ajeno en una mirada inquisitiva a cámara como la de Antoine Doinel en Los 400 golpes de Truffaut.

Siguiendo la estela de otros realizadores asiáticos como Hirokazu Koreeda, la película de Chang-dong Lee es ante todo un trabajo presidido por una sensibilidad narrativa excepcional tanto a la hora de filmar como de escribir una historia. Lástima que el premio que obtuvo el guión en Cannes no viniera acompañado de otro a la mejor actriz, algo que el director ya consiguió hace unos años con Secret Sunshine. En definitiva, un soberbio film al que solo se le puede achacar una duración algo excesiva, incluso para los estándares del cine asiático. Poetry es, en efecto, una verdadera reivindicación del cine como vehículo de creación poética.

- Keichi - 

Abel


Valoración: 8/10

Con permiso de Argentina, quizás sea Méjico el país que más está revolucionando el panorama cinematográfico latinoamericano con su incipiente industria. Diego Luna es uno de sus actores más destacados e internacionales. Mucho ha evolucionado el protagonista de "El Búfalo de la noche" desde sus inicios en el mundo de la telenovela hasta convertirse en un productor y creativo que lo mismo se lanza al documental que dirige un serie de animación. Ahora se alía en la producción con John Malkovich y su compañero Gael García Bernal, con el que formó un dúo inolvidable en Y tu mamá también, para dirigir su primer largometraje de ficción.

El guión de la película, escrito por Augusto Mendoza y el propio Diego Luna, nos presenta a Abel, un niño de nueve años internado en un centro de salud mental aparentemente aquejado de algún tipo de autismo. Su madre decide reunirlo durante unos días con sus hermanos en casa, un hogar precario y sin la presencia de una figura paterna. Sin previo aviso, Abel decide suplir esa ausencia asumiendo él mismo el papel de cabeza da familia, con tronchantes resultados para todos hasta que su verdadero progenitor regresa del extranjero. El conflicto está servido.

La historia de Abel es bien sencilla, un minimalismo que ya hemos podido ver en otras producciones mejicanas como Lake Tahoe. Al igual que sucedía en aquel trabajo de Fernando Eimbcke, los protagonistas abordan a través del realismo mágico el tema de la comunicación familiar, al identidad y la pérdida desde el punto de vista del niño, al que la cámara se adapta en todo momento. Cuando Abel asume el papel de padre y su familia le sigue el juego, la interpretación va mucho más allá de jugar a ser adulto. Es toda una reconstrucción de las relaciones que parte de cero. De hecho, dice mucho que el niño sea mucho más creíble en su rol que ese otro padre inmaduro e irresponsable.

Diego Luna ha hecho una estupenda labor de dirección de actores, empezando por los hermanos en la ficción y la realidad Christopher y Gerardo Ruiz-Esparza, siguiendo con una habitual de los seriales infantiles televisivos como Geraldine Galván y terminando con los veteranos Carlos Aragon y  la maravillosa pareja formada por Karina Gidi y José María Yazpik, aunque evidentemente el pequeño protagonista se llevan la palma por la apabullante e inquietante credibilidad de su interpretación. A destacar también la fotografía detallista y desenfocada de Patrick Murguía, uno de los talentos emergentes del cine mexicano.

Aunque el desenlace del film trata de generar una tensión que borre la sonrisa del espectador, la película no podía ser tan cruel con sus protagonistas y se permite incluso un epílogo para demostrar que con el tiempo todo se arregla. Así, este segundo trabajo de Diego Luna es al fin y al cabo una historia pequeña, modesta y entrañable que no oculta su condición de drama pero lo maquilla con un humor teñido de surrealismo que algunos críticos de Cannes han identificado con los trabajos de Michel Gondry y Wes Anderson. A Diego Luna le queda mucho terreno por explorar -y mejorar- pero lo que vamos descubriendo de su mano convence.

- Keichi -

Thursday, September 8, 2011

Marieke, Marieke

Valoración: 4/10



Para la cinematografía belga -más concretamente, la que procede de Valonia-Bruselas- hay un antes y un después de Rosetta, la Palma de Oro obtenida por los hermanos Dardenne en Cannes. Hace diez años aquel hito descubrió a Europa un cine de ficción propio más allá de la sombra protectora de Francia o los caminos fijados por su influyente escuela de documentalistas. Eso explica que poco a poco comiencen a llegarnos producciones de sus nuevos talentos, como es el caso de este primer largometraje de la directora Sophie Schoukens.

A sus veinte años, Marieke siente un completo desinterés por los chicos de su edad. Mientras ella mantiene encuentros sexuales con hombres de edad avanzada su madre vive en un estado de aislamiento emocional desde la muerte de su marido. La llegada de un viejo amigo de la familia desenterrará el oscuro pasado de los protagonistas. Así, la película es una historia de pérdida, la búsqueda del padre en los cuerpos de otros ante una imperante necesidad de amor, personajes que viven en un limbo existencialista con afán de metáfora.

El film se empeña en reivindicar constantemente su denominación de origen, la Bruselas gris de las cafeterías y el chocolate a la que pone voz la canción de Jacques Brel. Esa atmosfera efímera de tristeza y nostalgia la captura con mucho estilo la fotografía de Alain Marcoen, luminosamente fría, como la hermosura juvenil de la protagonista, esos primeros planos de pieles pálidas en la bañera. El protagonismo absoluto del film recae así en Hande Kodja (Meurtrières), una joven y prometedora interprete de belleza glacial bien explotada por el film. También convencen los trabajos de Barbara Sarafian y el veterano Jan Decleir, verdadero icono del cine flamenco.

No es de extrañar que el caldo de cultivo dramático que el guión ha ido preparando termine en nada. Se trata de un drama de ambiente, sin respuestas ni evolución alguna, sobrepuesto a sus personajes en la afectación de sus maneras. Como muchos dramas intimistas, el film de Sophie Schoukens tiende al exceso, tratando de extraer elementos poéticos de situaciones completamente banales o haciendo del llanto una catarsis de violencia. Resulta risible y hasta aceptable que la botella de whisky haya permanecido doce años en la maleta del escritor, detenida en el tiempo a la espera de que los secretos salgan a la luz, pero el momento de histeria en la bombonería ya es demasiado bochornoso.

A juzgar por algunos precedentes como Les fourmis rouges, de Stephan Carpiaux, gran parte del nuevo cine de autor belga parece tener una especial querencia por un tipo de historias que entroncan directamente con el film francés de las ultimas décadas, hoy ajenas al contexto histórico en que rodaban los maestros de la Nouvelle Vague. En efecto, aunque apunte maneras Marieke Marieke resulta tan poco creíble y forzada en los tiempos que corren que el desinterés es inevitable. Esta opera prima sin un fondo concreto se queda a medio camino de todo, abandonada en la mediocridad de su drama.

- Keichi - 

Wednesday, September 7, 2011

Chicogrande

Valoración: 4/10


Antes de sus afamados dramas sociales (Canoa, El Apando, Las Poquianchis), el veterano realizador mejicano Felipe Cazals se estrenó en el mundo del largometraje con una película sobre Emiliano Zapata. Cuarenta años después, Cazals vuelve la vista a otro de los ideólogos de la Revolución Mexicana. Corre el año 1916. Francisco Villa se recupera de sus heridas en las montañas, oculto del ejército norteamericano y las tropas de Carranza. Chicogrande, uno de sus hombres más leales, debe partir en busca de ayuda. En el otro bando, el mayor Butch Fenton no escatima en sangre para localizarlo. Pero lejos de reivindicar el mito de un Pancho Villa que casi brilla por su ausencia, las intenciones del film son otras bien distintas.

Chicogrande discurre entre el mundo del western crepuscular y la sobria recreación histórica. Hay un cierto poso de épica en la película, sus diálogos o esa querencia por los paisajes silenciosos que captura la fotografía de Damian Garcia. Pero al igual que esos parajes, el film es tremendamente árido. E indeciso. La descontextualización del western, geográfica y temporalmente pero sobre todo en su concepción aventurera, viene siendo una constante del género. Mucho ha dado que hablar la condición residual que de cine del Oeste tienen o no este tipo de películas. Aquí no se entiende que Cazals no se decida en su desarrollo plano y lento por uno u otro extremo.

Pero la queja más contundente que puede plateársele a Chicogrande es lo desfasadísimo de su lectura política. Una guerra entronca perfectamente con los ecos estéticos al western que el film pretende evocar. Hay unos buenos y unos malos tremendamente maniqueos entre los que incluso la presencia redentora del médico norteamericano chirría, pero la venganza en tierra extranjera termina remitiendo al 11-S, Irak o Afganistán, del revisionismo al más puro panfleto antiyanqui. El mejor ejemplo de esto es el personaje de Fenton con la cabeza a medio rapar y las prostitutas enanas En su afán por ridiculizar al enemigo, la película cae en el más absoluto de los bochornos.

No obstante, el film tiene una de sus mejores bazas en el reparto. La interpretación de pocas palabras de Damián Alcazar como Chicogrande contrasta con la de su antagonista americano. Daniel Martínez se ve abocado a convertirse en una caricatura insalvable y ridícula, pero durante gran parte del metraje consigue dar vida a un personaje aterrador, cambiando de nacionalidad e idioma. Dos excelentes trabajos a los que se suman los de algunos secundarios de lujo como el sobrio y también bilingüe Juan Manuel Bernal, Jorge Zárate o Patricia Reyes Spíndola.

Por momentos Chicogrande parece ofrecer una visión desacralizada y aséptica del villismo, una brutal contienda de odios en un contexto de miseria y muerte más que la romántica algarabía popular que siempre se ha revindicado. También se acerca al extremo opuesto, pero en vez de hablarnos de ideales y cantar a la historia de su patria o al pasado de sus héroes anónimos, Cazals ha querido mantener un ojo puesto en el presente. Muy probablemente esta película tenga una dimensión diferente para el pueblo mejicano, pero al resto del mundo no se le escapa que Pancho Villa nunca estuvo en Guantánamo.

- Keichi - 

El Gran Vázquez

Valoración 8/10


Seguramente el nombre de Manuel Vázquez no significará nada para los no iniciados en el mundillo del tebeo nacional, sobre todo si además son jóvenes. Pero si decimos que este señor fue el padre de historietas tan recordadas como las de las hermanas Gilda, la familia Cebolleta o Anacleto, agente secreto, la cosa cambia. Lo cierto es que la vida privada del dibujante superó con creces a la de sus personajes. Es precisamente esto lo que se ha propuesto contarnos el director Óscar Aibar (La máquina de bailar) en este atípico biopic ambientado en la Barcelona de los años sesenta.

Aunque exagerado para la ocasión, el Vázquez que nos presenta la película no se distancia demasiado del real, un hombre que vivía al día, eterno moroso, mujeriego, crápula y orgulloso de sus timos. Pero esta biografía del engaño no renuncia al retrato nostálgico de una generación de dibujantes, la de Bruguera, una industria e incluso una forma de entender el comic hoy desaparecidas. Por eso se le perdona que no profundice por ejemplo en la obra erótica de Vázquez, esa que en última instancia le llevó a vengarse de quienes le habían robado a sus personajes haciéndolos protagonizar una orgía de sexo en las páginas de un fanzine.

Aibar opta por sumergir el contexto histórico en una estética de tebeo muy parecida a la que utilizara Javier Fesser en La gran aventura de Mortadelo y Filemón. El estupendo trabajo de localización, la música de fanfarria de Nacho Mastretta y la fotografía de Mario Montero dan como resultado una atmosfera luminosa, surrealista, casi teatral, perfecta para ambientar esa España de los Celtas, los burdeles y la picaresca pero también del yugo y las flechas, la represión o los burócratas. Como un medio de escape a esa realizad, algunas vivencias del protagonista al más puro slpackstick parecen directamente extraídas de las viñetas, cuando no se transmutan directamente en ellas.

Aunque el papel de Vázquez parezca creado ex profeso para Santiago Segura, este se esfuerza por escapar a la sombra de Torrente. Lo consigue gracias a una interpretación mesuradamente contenida, tanto que muchos no sabrán apreciarla en su justa medida. También convence su compañera de reparto Mercé Llorens pero los que brillan con luz propia son los secundarios, la fantástica pareja formada por Álex Angulo y Enrique Villén o la emotiva aparición de Manolo Solo transmutado en Ibáñez. Incluso la intervención Jesús Guzmán viene a defender la vocación de referencia, a una casta de actores y una comedia nacional sustituida hoy por caspa de la mala.

El gran Vázquez funciona mucho mejor en su retrato de la primigenia industria del cómic español que como radiografía de su protagonista, una caricatura más que un retrato. Es una elección válida por lo sentimental del asunto, pero uno se queda con la sensación de que en manos de un director más dotado la vida de Vázquez hubiese podido dar mucho más de si, más allá de la tragocimedia. Ello no desmerece el mérito de esta producción francamente diferente que probablemente pasará desapercibida para muchos espectadores. Sería una lástima porque aunque el resultado sea un tanto irregular es una dignísima película.

- Keichi - 

Aileen: Life & Death of a Serial Killer

Valoración: 8/10

Aunque su historial queda muy lejos de las atrocidades cometidas por Dahmer, Gacy o Ted Bundy, Aileen Carol Wuornos ha pasado a los archivos como la primera asesina en serie de la historia de Estados Unidos. El afamado documentalista Nick Broomfield diseccionó en 1992 su procesamiento y posterior condena con The Selling of a Serial Killer. Aquel trabajo denunciaba ferozmente el oportunismo de gran parte del entorno de Wuornos, incluido su propio abogado, que aprovechó para lucrarse a su costa. Diez años después Broomfield y su colaboradora Joan Churchill volvieron a enfocar a una Aileen en los prolegómenos de su ejecución.

Como esa carretera perdida oscurecida por una música inquietante que abre el film, la premisa morbosa del documental es una mera fachada. En efecto, Life & Death of a Serial Killer es el retrato de una vida llena de abusos y desamparo, una mirada incómoda a la marginalidad de la que tantas veces surge el horror y el crimen. El caso de Aileen no fue una excepción. Pero más allá del retrato que componen las imágenes de archivo y cosecha propia o las entrevistas a familiares y amigos de la infancia, Broomfield no renuncia en absoluto a su habitual denuncia. Su documental es, ante todo, un alegato no solo contra la pena de muerte, sino contra un sistema punitivo completamente desquiciado e incluso surrealista.

La cámara intrusa de Broomfield nos ofrece unas impagables filmaciones en el seno mismo de las instituciones judiciales y penitenciarias detrás de las cuales se intuye no solo osadía, sino una verdadera relación de amistad entre el director y su entrevistada. La personalidad de Aileen es toda una incógnita, una asesina divertida y ocurrente que lo mismo se opone a sus propios testigos que pierde los papeles y se transmuta en una demente paranoica de mirada asesina o confiesa sus temores frente a la cámara, reflexiones en ocasiones muy lúcidas para alguien que parece caminar en el filo de la locura. Después de contemplarla uno entiende que la interpretación que le valió el Oscar a Charlize Theron por Monster iba mucho más allá de la mera caracterización.

Las preguntas sin respuestas de este excelente trabajo son una imposición reflexiva que va más allá de la culpabilidad o la inocencia, como esa terrible confesión de la asesina reconociendo que obró en defensa propia pero que no puede aguantar más su estancia en el corredor de la muerte, tan lejos de la anécdota sensacionalista de los medios de comunicación. No deja de ser ejemplar como Broomfield, en esa última declaración a ese circo de cámaras y micrófonos, se incluye dentro de esa misma hipocresía, interesada de uno u otro modo en crear sus propias leyendas negras. Ese dedo acusador deja claro que, aunque un asesino siempre sea un asesino, a veces nosotros también somos responsables.

-Keichi-

Tuesday, February 1, 2011

Mother (Madeo)

Valoración: 8/10

    Mother
    Entre la madre y el monstruo


    Creo que es de recibo comenzar esta crítica diciendo que quien la redacta no es objetivo con el cine coreano. Es superior a mis fuerzas: Me entusiasma su desdén por los convencionalismos y el incuestionable sello estético que imprimen a todas sus producciones. No debo de ser el único porque en la última década la cinematografía de Corea del Sur ha ganado innumerables seguidores gracias a nombres como Park Chan-wook, Kim Ki-duk o el director que ahora nos ocupa, un Joon-ho Bong que con tan solo cuarenta años y tres brillantes largometrajes a sus espaldas es uno de los valores más destacados de todo el cine asiático.

    Como no podía ser de otro modo, su nueva película es un retrato de perdedores. El film nos presenta a una anónima mujer madura que regenta una pequeña herboristería al tiempo que cumple con sus deberes familiares como madre del tonto del pueblo. Por desgracia, evitar las majaderías de su hijo se convierte de repente en la menor de sus preocupaciones. El hallazgo del cadáver de una colegiala sitúa al vulnerable Do-Joon en el centro de todas las sospechas. Cuando éste es acusado del asesinato y detenido la sufrida protagonista hará todo lo posible por demostrar su inocencia hasta desenmascarar al verdadero culpable.

    Haciendo honor a su procedencia, Joon-ho Bong gusta de confundir e incluso subvertir los géneros cinematográficos. Si en The Host se sacaba de la manga una combinación imposible de Movie Monster y tragicomedia, aquí rueda un thriller policíaco que es al mismo tiempo un poderoso drama familiar con ciertas pinceladas de humor negro. Después de un comienzo pausado, el guión y sobre todo la habilidad del director para mostrarnos los diferentes puntos de vista de la trama van haciendo grande la película y enganchando al espectador en un laberinto de preguntas y giros argumentales resuelto en un final imprevisible.

    Una Inmensa Hye-ja Kim (insisto, inmensa) absorbe por completo la pantalla con su presencia. El director ha tenido que esperar varios años para poder trabajar con esta veterana de la comedia televisiva de su país pero una vez visto el resultado entendemos que su paciencia estaba justificada. Menos complejos pero también brillantes son los trabajos de Bin Won dando vida al alelado y desquiciante protagonista y de Jin Ku como su terrible pero leal amigo, otra cara bonita del cine coreano sorprendente en un papel en absoluto amable. En lo cinematográfico y la fotografía, el realizador sigue siendo intachable. Uno solo puede maravillarse ante escenas como la del accidente o el plano maravillosamente patético de la mujer danzando en mitad del trigo mientras la guitarra de Lee Byeong-woo le pone un excéntrico contrapunto sonoro.

    Aunque en ciertos momentos aparezca el surrealismo cómico propio del director -atención a la escena del campo de golf- el final de la película no lleva a equívoco. El amor maternal representado en el film va mucho más allá de la ética, sobrepasando todos los límites de lo aceptable. Hay algo de entrañable pero también de enfermizo en ese Do-Joon completamente dependiente de su progenitora y viceversa. En el fondo, ambos personajes son iguales y es el propio Do-Joon quien llega a esa conclusión en un breve momento de lucidez tras las rejas. ¿Dónde termina la madre y comienza el monstruo que desata la locura? Al igual que en Oldboy se utilizaba el truco de la hipnosis, aquí es la acupuntura la que proporciona a la protagonista la calma a falta de un desenlace feliz. De éste modo, la aguja termina el trabajo que el veneno no pudo.

    Joon-ho Bong vuelve a las andadas filmado un sólido drama como solamente él podía hacerlo, a través de una ironía desmedida que no renuncia a la intriga ni a la sorpresa. Rodada con la habitual brillantez del director, Mother es una obra que muchos han querido calificar de menor comparándola injustamente con esa joyita que es Memories of Murder pero aunque los paralelismos entre ambas son evidentes lo cierto es que éste trabajo no tiene nada que envidiarle a aquel noir alternativo. Da la impresión de que éste hombre puede absolutamente con todo, posiblemente también con la ciencia-ficción de su nuevo proyecto. De momento, otra película magnífica que añadir a una filmografía sin mácula.
Keichi

Precious (Precious: Based on the Novel Push by Sapphire)

Valoración: 8/10

    Precious
    Historias del Harlem


    Llegó el momento de enfrentarse a uno de los fenómenos cinematográficos del año. Sundance, Toronto, Cannes, San Sebastián… Precious ha arrasado allí donde se ha proyectado, hasta el punto de coronarse como una de las favoritas en la carrera a los Oscars antes incluso de su estreno en salas comerciales. Después de debutar hace ya unos cuantos años en el mundo de la dirección con Shadowboxer, el productor Lee Daniels lleva a la gran pantalla Push, una novela de la escritora y poetisa californiana Sapphire sobre la desdichada existencia de una adolescente en el Harlem afroamericano de mediados de los ochenta.

    Clareece "Precious" Jones tiene dieciséis años, es obesa y prácticamente analfabeta. Desde muy pequeña ha sufrido en silencio una vida llena de vejaciones, malos tratos y abusos por parte de su tiránica madre y su padre, del que tiene un hijo retrasado fruto de una violación incestuosa. Embarazada por segunda vez, Clareece es expulsada del instituto pero encuentra refugio en el centro de enseñanza especializada que regenta la caritativa profesora Rain. Esta breve sinopsis da una idea del sórdido y terrible ambiente en el que se mueve la película, un cruento retrato de los infiernos privados que esconde la marginalidad del gueto en el país de las oportunidades.

    Hay que tener cierto estómago para sobreponerse a la dureza de éste drama doméstico y sus imágenes, pero Daniels consigue dar con el perfecto contrapunto a toda esta miseria en el humor negro y las evasiones oníricas de su protagonista, una serie de escenas de fantasía con estética de videoclip a medio camino entre lo grotesco y lo patético. De éste modo va desarrollándose un argumento francamente bien construido acerca de la integridad pisoteada y la superación personal. Poco a poco, Precious se convierte ante nuestros ojos en la verdadera heroína de una pesadilla urbana a ritmo de soul que viene a demostrarnos que incluso en las horas más oscuras de la tormenta hay espacio para un pequeño rayo de esperanza.

    La película cautiva al espectador a través de sus intérpretes. Gabourey Sidibe protagoniza uno de los mejores debuts de los últimos tiempos pero incluso su soberbia labor queda eclipsada por la de su progenitora en la ficción. La humorista Mo'Nique ofrece aquí un sobrecogedor tour de force dando vida al mal encarnado en madre. Esa última escena en la que Clareece confronta a su torturadora en presencia de la asistenta social, todo un cambio de registro interpretativo, es simplemente fabulosa. Con tanto talento de por medio el trabajo de Paula Patton y su clase de chicas problemáticas queda en segundo plano, pero el casting todavía nos reserva una sorpresa con la profesionalidad de la cantante Mariah Carey en un sorprendente papel secundario. También sale airoso Lenny Kravitz interpretando al único personaje masculino relevante de la historia.

    Que nadie se deje engañar por los galardones cosechados en Sundance. Basta reseñar que la mediática Oprah Winfrey es la productora ejecutiva del film -o acordarse de las estrellas musicales que figuran en su reparto- para darse cuenta de lo mucho que se ha devaluado en la industria norteamericana el término indie, reconvertido de un tiempo a esta parte en una etiqueta comercial como cualquier otra. Esta propuesta encandilará al gran público pero también promete ser blanco de las iras de todos aquellos que no se dejen subyugar por su vibrante historia. El drama hipervitaminado de Lee Daniels es ciertamente artificioso y está plagado de tópicos, además de adolecer de una dirección de lo más desaprovechada. Y es que no cabe duda de que Precious es un film sobrevalorado, pero no es menos cierto que también es un trabajo que llega muy adentro. Puede que haya películas mejores que ésta, pero no todas se quedan impresas en la memoria del espectador con la misma fuerza.
Keichi

Sin Nombre

Valoración: 8/10

    Cary Josi Fukunaga dirige este su primer largometraje sobre un tema tan actual, tan duro y dramático como la inmigración originada en Sudamérica con destino EEUU. Para ello nos embarca en una aventura desde dos puntos de vista, el de una adolescente que junto a parte de su familia se encarama al techo de un tren para cruzar la frontera clandestinamente, y el de un joven mexicano que tras pasar toda sus existencia adscrito a la violencia de la mara ahora trata de escapar de ella oculto en ese mismo tren. Dos orígenes distintos, dos esperanzas iguales en un destino mejor, dos historias que inexorablemente se entrelazan y se tejen con las de los otros rostros anónimos con las que las comparten, sus compañeros de viaje en el atestado tren.

    Son muchas las virtudes de esta película, siendo la mayor de ellas el buen hacer de su joven director. Para elaboración del film se nota (y el mismo confirma) que ha pasado por un amplio trabajo de documentación e investigación, llegando incluso a viajar en esos trenes junto a inmigrantes reales, vivió su cultura, su esperanza y su dolor, sintió el peligro en propias carnes este arriesgado director y lo supo transformar en una historia que traspasa la pantalla, golpea al espectador y le hace vivir ese viaje iniciatico como uno más junto a los protagonistas.

    Técnicamente hablando la película es también virtuosa, destaca sobre el conjunto una fotografía muy cuidada, una ambientación estupenda y una labor de los actores principales muy creíble y cercana (curioso dado el contraste entre ellos, la joven protagonista es una actriz profesional mientras que su acompañante es nuevo en la interpretación) aderezada con un buen guión.

    Todo este conjunto de calidad la ha llevado a triunfar en los más diversos festivales (de Sundance a San Sebastián) y hacerse un hueco y un nombre entre el público hasta conseguir que las distribuidoras la lancen en la gran pantalla, sin duda, se lo merece. Muy interesante.
Enoch

Madres & Hijas (Mother and Child)

Valoración: 8/10

    Mother and child
    Directa al corazón

    Teniendo en cuenta la cercanía y calidad de su cantera, solo era cuestión de tiempo que latinoamerica se infiltrara en la meca del cine hasta alcanzar posiciones impensables hace tan solo unas décadas. La camarilla de mejicanos formada por Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu hace tiempo que sobrepasó todas las expectativas y ahora allana el camino apadrinando a otros visionarios expatriados. Muchos de estos cineastas emigrados comenzaron primero en el mundo de las series de televisión antes de dar el salto a la gran pantalla pero no todos han seguido una evolución tan espectacular como la de Rodrigo García.

    El realizador colombiano vuelve con Mother and Child a su temática favorita, el drama coral protagonizado por mujeres que tan buen resultado le dio en Nueve vidas y Cosas que diría con solo mirarla. Al igual que Iñarritu, García es un experto en contar historias sobre vidas aisladas unidas por los caprichos del destino. En esta historia son tres las que presenta, todas ellas bajo el trasfondo de la maternidad a través de las generaciones y la multiculturalidad. Así, tenemos a una mujer madura que lamenta haber abandonado a su hija al tiempo que cuida de su madre enferma. También seguimos los pasos de la que se adivina como aquella niña perdida, hoy una abogada individualista y promiscua sin demasiados escrúpulos. Cierra el tríptico una joven pareja en busca de un bebé en adopción.

    No es que Rodrigo García sea un primerizo -ya había trabajado antes con grandes figuras como Glenn Close o Cameron Díaz- pero hay que tener cierto carácter para rodar con un grupo de intérpretes de la talla de los que aparecen en esta película. Resulta francamente complicado destacar a unos por encima de otros porque todos están espléndidos pero quizás sea Annette Bening la que se lleva la palma. ¡Qué bien refleja ese corazón de oro que se niega a salir a la luz! También brilla con luz propia Naomi Wats, una actriz de una calidad superlativa a la que muchas veces no se ha dado los papeles que merece. Con menos peso en la historia pero dando vida a roles ciertamente complejos tenemos a una fantástica Kerry Washington, un Samuel L. Jackson inusualmente cercano y al cómico Jimmy Smits. Podríamos seguir así hasta el último secundario porque son todas estas interpretaciones la que convierten el film en algo único.

    En Mother and Child hay drama en cantidades ingentes -también algo de humor- pero el director se las ingenia para que no nos sature. Los protagonistas no son siempre amables pero la veracidad de su construcción, con los defectos y virtudes que definen a todo ser humano, es maravillosamente entrañable. No hace falta que la película nos explique de manera clara sus reacciones, porque se entienden por si solas. Pocas películas penetran de manera tan sutil y poderosa como esta en los sentimientos del espectador y si lo hace es gracias al soberbio reparto pero también a la delicadeza del director, que invade con su cámara las diferentes historias sin hacerles sombra, lo mismo que la música de Ed Shearmur que por momentos recuerda a la del mejor John Barry. Es la propia vida, la de todos los días, con sus pequeñas miserias y alegrías, la que circula por esos soleados barrios de Los Ángeles que retrata la película.

    Siempre he considerado el drama como uno de los géneros más complicados de llevar a buen puerto. Resulta en extremo complicado mantener el equilibrio justo entre moderación y exceso y muchas veces el resultado termina siendo desigual. Hay multitud de films (pienso ahora mismo en el Blessed de Ana Kokinos) que a pesar de presentar historias mucho más sangrantes que estas no terminan de funcionar. En efecto, en un panorama copado por dramas artificiales el hijo de Gabriel García Márquez ha conseguido hacer una película que llega directa al corazón. De hecho, llega tanto que las carambolas del film para cerrar su círculo de forma perfecta ni siquiera chirrían. Pero por encima de todo éste drama subyace ese mensaje primordial y hermosísimo acerca de los vínculos entre las personas, la sangre que queda en segundo plano frente al poder de un amor que no entiende de razas ni de edades. Una película maravillosa. Esto es sensibilidad y lo demás son tonterías.
Keichi

Malditos Bastardos (Inglourious Basterds)

Valoración: 8/10

    Inglorious Basterds
    Sin patria ni bandera


    Cuando Quentin Tarantino estrenó hace un par de años la malograda Death Proof, más de un aficionado descontento reconvertido en crítico sentenció que la carrera del director había alcanzado un punto de estancamiento. Lo cierto es que hemos de remontarnos más atrás en el tiempo, hasta la incomprendida Jackie Brown, para entender hasta qué punto el cine de Tarantino se ha radicalizado (o acomodado, según como se mire) en sus inimitables principios estéticos y narrativos. Y es que, nos guste o no, el bueno de Quentin sigue siendo único.

    Inglorious Basterds construye su historia en torno a la figura del Coronel Hans Landa, un implacable malvado al que persiguen la joven Shosanna Dreyfus y el Teniente Aldo Raine y su escuadrón de esquizofrénicos judíos cazadores de nazis. Las vendettas particulares de unos y otros convergerán en una sala de cine del París ocupado. Al más puro estilo Kill Bill, el argumento se desgaja en cinco fragmentos semi independientes, como si de pequeños cortos se tratara, de manera que las diferentes historias personales de los protagonistas terminan confluyendo en un final de traca.

    Tarantino aprovecha gran parte del metraje para sacar a relucir algunos de sus mejores diálogos hasta la fecha, logrando varias secuencias magistrales. El inicio de la película, con esa conversación estática y alargada hasta el extremo, es un claro ejemplo de cómo debe representarse una tensión sostenida en pantalla, esquema que repite en la parte de la taberna para cerrar la película con un desenlace festivo de tiroteos y explosiones. La violencia habitual del director no es ni mucho menos el plato fuerte de la película, pero cuando aparece es verdaderamente contundente. A Tarantino no le tiembla el pulso ni para saltarse a la torera todo tipo de rigor histórico y acribillar el mismísimo Hitler bajo una lluvia de balas al tiempo que teoriza sobre el poder del cine como ajustador de cuentas.

    El film cuenta con un reparto en estado de gracia que va alternando constantemente entre lenguas. Esta mixtura idiomática es maravillosa pero exige un precio: Para disfrutar Inglorious Basterds en todo su esplendor es completamente indispensable sacudirse de encima los prejuicios y verla en versión original. Brad Pitt auto descompone su condición de ídolo mediático liderando al equipo de lunáticos que componen Eli Roth, Til Schweiger, Omar Doom y los otros bastardos. No se quedan atrás Michael Fassbender, Diane Kruger, Mélanie Laurent y Daniel Brühl, éste último en un papel sorprendente. Tampoco faltan los habituales cameos, siendo los más destacados los de Mike Myers y Julie Dreyfus. Pero por encima de todos ellos destaca Christoph Waltz con un personaje que pasa automáticamente a los anales del cine. Su magistral caracterización del coronel Landa es tan paródica como terrorífica. No es de extrañar que el guión ocupe la mayor parte del metraje con su presencia. Soberbio.

    Es éste es un film que bebe más del Wéstern que del Pulp o el cine bélico clásico. De hecho, la cinefilia de Tarantino está mucho más cerca del Macaroni War de Castellari que de Los cañones de Navarone o Doce del patíbulo. El plano de la pradera desde el interior de la cabaña al más puro estilo Sergio Leone, la escopeta tras la barra como en una cantina del viejo oéste o los ecos de El Álamo de John Wayne en el tema musical que abre la película (The Green Leaves of Summer, del inmortal Dimitri Tiomkin) son referencias ineludibles. Incluso Ennio Morricone deja su impronta junto a la de David Bowie en la ecléctica banda sonora, a pesar de no haber podido participar en la misma con nuevas composiciones. Hasta esos créditos en amarillo son deliciosamente Far West.

    Inglorious Basterds es Tarantino a la máxima potencia, una sangrienta comedia coral en forma de gamberrada políglota, excesiva, irónica, meta-cinematográfica y sinvergüenza -en el mejor sentido de la palabra- que contentará a todos los que una vez dudaron de su talento. Su trabajo confirma lo que muchos ya sabíamos, que Quentin es al mismo tiempo una rata de laboratorio y un ratón de circo, un animal salvaje en libertad que lo mismo acerca sin complejos sus obsesiones cinematográficas a un público generalista que imparte una clase maestra de dirección. Malditos bastardos, si esto no es cine de altura, que me aspen...
Keichi

Los límites del Control

Valoración: 6/10

    The limits of control
    Usted no habla español, ¿verdad?


    Resulta imposible hablar de una película como The limits of control sin sacar a relucir términos como experimentación o postmodernismo. Seguro que más de uno se echa a temblar nada más escuchar estas palabras pero a diferencia de otros directores como Von Trier o David Lynch, Jim Jarmusch es demasiado serio como para partirse de risa pensando en la cara que se les ha quedado a los espectadores al salir de la sala de cine. No hay aquí un mínimo ánimo de provocación sino de superación, con todo lo malo y lo bueno que eso conlleva. Intentemos desgranar ordenadamente las claves de un trabajo que no se merece una crítica al uso como ésta.

    Un buen resumen de la película serían dos tazas de café, El embrujo de Shangai de Welles, diamantes como espejos rotos, obras de arte y cajas de cerillas en una cruzada contra los nuevos bohemios y la vida que no vale nada. Son solo algunas de las auto referencias repetidas una y otra vez a lo largo de las dos (excesivas) horas de duración del film. Dicho de otro modo, no tiene ningún sentido hablar aquí de guión ni de argumento. The limits of control es una película que busca construir su propio lenguaje narrativo como si de un sueño se tratara, con sus típicas irrealidades con cierta lógica. Así, el protagonista, un hermético Isaach De Bankolé, recorre la geografía española encontrándose con diversos sujetos con los que intercambia crípticas conversaciones y objetos varios.

    Curiosísimo el reparto de interpretaciones fugaces hasta el punto de que la excentricidad de los personajes ya suscita un cierto interés por si misma. Por citar a los más famosos, tenemos a una Tilda Swinton albina y con un paraguas transparente en un Madrid despejado, a John Hurt convertido en un encantador canalla enamorado de las guitarras de Sevilla, a Gael García Bernal transmutado en cowboy crepuscular o a Bill Murray como trajeado representante del las fuerzas del orden. Como si se sintiera en deuda con nuestra tierra el director también ha querido incluir en la historia a Luis Tosar, Oscar Jaenada y la irresistible Paz de la Huerta, cuyo cuerpo es todo un ejercicio de autocontrol para el silencioso protagonista.

    Jarmusch sigue siendo un fantástico creador de imágenes y atmósferas. Cada encuentro del hombre solitario está captado a través de una luz que es la misma y a un tiempo distinta, gracias a la reconocible fotografía del afamado Christopher Doyle. No es de extrañar que el carácter contemplativo y surrealista del film nos pasee por la salas del Reina Sofía o nos lleve a escuchar un ensayo íntegro de un recital de flamenco. Aunque rodada en España, durante algunos momentos de su desarrollo cíclico el film pretende desubicarse en el tiempo y el espacio. El director y su colaborador se permiten incluso el lujo de recrear un ambiente de spaghetti wéstern a su paso por los desiertos de Almería.

    Con todo, la hipnótica odisea de Jarmusch está lejos de ser perfecta. Una vez asumido el diálogo que el film entabla con su público y entendidas las motivaciones del director, todos esperamos algo más una vez acabada la película, una recompensa a nuestras pesquisas que el desenlace no está dispuesto a ofrecernos. ¿Interpretaciones? Todas. ¿Soluciones? Ninguna. El propio malvado del film nos pregunta cómo hemos sido capaces de llegar hasta ese final y es el protagonista quién se encarga de responderle por nosotros. O al menos por todos aquellos cuya imaginación haya sido capaz de inventar una lógica a la película o desentenderse de la misma, al fin y al cabo otra posible salida del laberinto imaginativo de Jarmusch.

    Definitivamente, The limits of control es una película para muy poca gente. No serán pocos los que se dejen arrastrar al cine atraídos por los grandes nombres de su reparto para encontrarse luego con un trabajo abstracto sin pies ni cabeza. Y es que la propuesta exige del espectador una mentalidad abierta e imaginativa y ciertas dosis de paciencia para ser degustada, aunque el conjunto no termine de emocionarnos. Esta es una de esas películas que transcurre por los límites de la cinematografía y que, de hecho, es más arte que cine. Está claro que Jim Jarmusch no habla castellano, ni siquiera un idioma cinematográfico o narrativo que alguien de éste planeta comprenda. Y sin embargo, algunos le entendemos.
Keichi

El día en el que Dios se fue de Viaje (Le jour ou dieu est parti en voyage)

Valoración: 6/10

    Le jour ou dieu est parti en voyage
    El Infierno en Ruanda


    Comencemos esta reseña con una necesaria contextualización histórica: En 1994, en medio de un clima social cada vez más crispado, facciones radicales de la etnia hutu masacraron a 800.000 civiles ruandeses en la que es una de las mayores tragedias humanas de la historia moderna. El género documental ha abordado en numerosas ocasiones aquellos eventos pero, repitiendo la indiferencia internacional que los rodeó en su momento, el cine de ficción no ha querido profundizar demasiado en aquella matanza. Muy al contrario, el cineasta belga Philippe Van Leeuw -un hombre que ha trabajado con grandes directores del cine francés como Bruno Dumont- aborda ese trágico período a través de su primera película como director.

    Van Leeuw decide exponer la tragedia de los tutsis desde un punto de vista intimista pero no por ello menos cáustico. El contexto histórico y político del genocidio de Ruanda queda relegado al olvido en favor de los dramas personales de los supervivientes. En éste caso se trata del de Jacqueline, una joven tutsi que trabaja de niñera en la casa de una familia belga cuando estalla la masacre. Escondida en la buhardilla de la residencia, Jacqueline consigue escapar a los asaltantes solo para encontrarse con que sus dos hijos han sido asesinados. Huyendo a la espesura de la selva la mujer se topa con otro superviviente gravemente herido.

    El film de Philippe Van Leeuw es una descorazonadora exploración del desaliento, la demencia indiferente que invade a la persona cuando ya no le queda absolutamente nada. Da la impresión de que la protagonista de la historia se esfuerce en sobrevivir por puro instinto animal, relegada su condición humana a un segundo plano. Así, asistimos a una especie de regresión evolutiva a las necesidades básicas del ser humano (el sexo al calor de la hoguera, el hombre con la lanza en la mano en busca de alimento) que solo deja paso a la más absoluta locura. La selva de la película es un verdadero laberinto de dolor cuya única salida es la muerte.

    Para escenificar toda esta decadencia el director recurre al plano fijo, retratando a los asesinos desde la distancia pero acercando a un tiempo la cámara al rostro de su víctima. Tan solo en un par de escenas se permite Van Leeuw acelerar la acción mediante mecanismos diferentes, en ese comienzo soberbio con la protagonista escondida mientras se escuchan las voces de los invasores y en esa otra escena de persecución completamente desquiciada por la espesura machete en mano. Durante el resto del metraje la cámara prefiere detener su mirada en la vegetación de una jungla cuya espesura no deja ver el cielo.

    Siguiendo con la tónica intimista, Le jour ou dieu est parti en voyage solo recurre a dos personajes para contar su tragedia. Ruth Nirere se encarga con solvencia de dar vida a Jacqueline mientras que Afazi Dewaele suscribe su presencia a la del papel secundario. A la actriz principal le viene un poco grande el rol protagonista pero sus enormes ojos desprovistos de luz indican que ha sabido interiorizar a la perfección la desesperación inerte de su personaje bañado en sangre, lágrimas, orina y barro. El intento de suicidio en el agua que en un principio se había convertido en su salvación es solo el preludio a esa otra solución final, ese abandono a la suerte de una persona que termina por convertirse en un auténtico muerto viviente.

    Quién sabe qué formas de exteriorizar el horror ingeniarían los propios supervivientes de las masacres africanas de poder hacerlo en forma de celuloide. Mientras África no pueda filmar sus propias historias deberán de ser directores comprometidos con sus dramas como Philippe Van Leeuw quienes lo hagan por ellos. A su opera prima le falta cierta contundencia pero no cabe duda de que ha sabido hacer llegar al espectador el infierno de Ruanda a través de un film pequeño y loable en su denuncia. Quizás sea ese magnífico plano de la protagonista con el crucifijo puesto del revés sobre la frente el que mejor resume el angustioso mensaje de su película. Dios se ha marchado de viaje: En su ausencia todo es muerte.
Keichi

Destino: Woodstock (Taking Woodstock)


Valoración: 8/10

    Taking Woodstock
    Viaje al centro del universo


    Si tuviésemos que escoger un adjetivo para definir el cine de Ang Lee, la palabra adecuada sería probablemente versátil. Desde que se estrenara en el mundo del largometraje con Manos que empujan, allá por 1992, el director taiwanés ha sabido llevar a buen puerto proyectos radicalmente dispares. Y es que, más allá de un montaje soberbio, nada tienen en común películas como La tormenta de hielo, Tigre y Dragón, Hulk, Brokeback Mountain o Deseo, Peligro. De hecho, resulta imposible adivinar con qué nueva historia nos sorprenderá Ang Lee después de ofrecernos esta visión optimista y nostálgica del evento que puso fina toda una época de pacifismo y buen rollo.

    Verano de 1969. Forzado a abandonar una malograda carrera como decorador, Eliot malgasta su juventud y su talento tratando de sacar adelante el ruinoso motel de sus padres. El destino cambiará su vida y la de muchos otros cuando consiga traer a su rural White Lake el mayor festival de música de todos los tiempos. Tras la llegada de los organizadores y el comienzo de los preparativos, una oleada de personas comienza a invadir la zona transformando todo a su paso. Éste argumento sirve de excusa al director para embarcarnos en un viaje exento de valoraciones morales sobre una generación cuyos ideales llegaron a su máximo apogeo con Woodstock.

    Al guión de James Schamus -basado en la novela autobiográfica del propio Elliot Tiber y Tom Monte- no le interesa indagar en el fenómeno de la contracultura o sus connotaciones socio-políticas ni en las actuaciones de Janis Joplin, los Grateful Dead o The Who. Por no enseñar, no aparece ninguna imagen del concierto propiamente dicho a excepción de unos difuminados segundos. Muy al contrario, el retrato de la cultura hippie se aborda a través sus pequeñas historias, anécdotas y personajes anónimos. Y a buena fe que consigue dar una idea de lo que fue y simbolizó Woodstock por aquel entonces. Esos tres días de paz y música aparecen perfectamente descritos en una comedia con momentos verdaderamente hilarantes que además sobrevuela temas representativos del movimiento hippie como la sexualidad, el materialismo o el auto-descubrimiento.

    El actor Demetri Martin ejerce correctamente de hilo conductor de la historia y hace las veces de observador de los acontecimientos pero no es el encargado de hacer reír al personal. Aunque los antagónicos padres del protagonista a los que dan vida Henry Goodman y una fabulosa Imelda Staunton dan mucho juego, son personajes como el excombatiente de Vietnam traumatizado, los actores de vanguardia nudistas o la désternillante Vilma -encontramos aquí a secundarios de lujo como Eugene Levy, Liev Schreiber, Emile Hirsch, Jonathan Groff o Dan Fogler- los que los que terminan de enamorar al espectador con sus excentricidades entrañables. A destacar ese viaje alucinógeno del protagonista con Paul Dano y Kelli Garner en el interior de la furgoneta que acaba en un mar de olas humanas que emanan del escenario, probablemente la escena más sorprendente y memorable de toda la película.

    La ambientación del film está cuidada al milímetro, desde el pequeño detalle hasta ese soberbio plano al ralentí con cientos de extras dirigiéndose hacia el concierto por la carretera. Aunque hayan pasado cuarenta años, tenemos la plena sensación de estar allí. No solo se trata del atrezzo, porque para recrear toda la estética del Flower Power de finales de los sesenta también se intercalan algunas escenas rodadas en Súper 8 e incluso se utilizan pantallas partidas en clara referencia al famoso documental de Michael Wadleigh. Evidentemente, no se podía dejar pasar de largo un recurso tan necesario como la música de The Doors, Jefferson Airplane, Richie Havens y otras formaciones representativas de los sesenta, pero la película también sabe dejar espacio a la curiosa banda sonora del polifacético Danny Elfman.

    Uno debe descubrise ante el talento de Ang Lee, que aún habiendo sido educado en Estados Unidos sabe retratar maravillosamente una época que no conoció de primera mano. Seguramente habrá quien piense que Taking Woodstock es demasiado difusa al esbozar sus pequeñas pinceladas dramáticas o la considere una obra menor del director por el simple hecho de no querer profundizar demasiado en el universo que retrata, pero es precisamente esa luminosa falta de pretensiones lo que la convierte en una película maravillosa. Nada más verla a uno le entran ganas de despelotarse, pintarse un símbolo de la paz en la frente y echarse unos canutos a la salud del mismísimo Jimi Hendrix.
Keichi

Vengeance


Valoración: 6/10

    Vengeance
    Venganza sin memoria


    Un espectador no iniciado en materia podría pensar que Vengeance es la enésima producción heredera de la escuela de John Woo. ¿En qué difieren exactamente los films de Johnnie To respecto del resto de películas chinas de acción? Pues básicamente en que, más que en la pirotecnia, To está interesado en capturar la violencia a través del estilismo. El propio realizador ha asegurado en numerosas ocasiones que nunca ha querido convertir esa violencia suya en poesía tal y como hace su colega Quentin Tarantino. Lo cierto es que hay una cierta épica en sus tiroteos, pero su clave está en las formas más que en el fondo.

    Así, Vengeance cuenta la historia de un cocinero francés de dudoso pasado obsesionado con acabar con los asesinos de su única familia. Da la impresión de que a Johnnie To y su colaborador habitual Wai Ka Fai les da un poco igual lo que están contando siempre que sirva para ejercitar su habitual estilo cinematográfico. Eso explica las continuas incongruencias de un argumento que es una mera excusa para enzarzarse en una ensalada de tiros tras otra. Mejor no darle demasiadas vueltas a la facilidad con la que los mercenarios dan con los responsables del asesinato en Macau o la rapidez con la que la bala alojada en el cerebro del protagonista comienza a debilitar su memoria. Las fotografías de los aliados, el nombre del objetivo grabado en la pistola… ¿De qué sirve la venganza cuando uno no puede recordar de dónde proviene?

    Las interpretaciones tampoco importan demasiado en una película en la que los personajes son asesinos de honor condenados a sonreír antes de caer en mitad del duelo. El emblemático cantante francés Johnny Hallyday queda perfectamente caricaturizado en un papel que en un principio estaba destinado nada más y nada menos que a Alain Delon. No importa que Hallyday sea incapaz de mover dos músculos de la cara al mismo tiempo porque al igual que pasaba con actores como Charlton Heston (otro intérprete de piedra) aquí lo que cuenta es la presencia y eso le sobra. El entrañable trío formado por Anthony Wong, Suet Lam y Lam Ka Tung, todos ellos habituales del director, también funciona y lo mismo puede decirse del arquetípico malvado interpretado por Simon Yam.

    To deja patente su maestría en el brutal prólogo -digno del mismísimo Sam Peckinpah- que abre la película y en toda esa galería de tiroteos que van desde la carrera al ralentí a la cambiante luz de luna a un espectáculo de feria con esencia de Wéstern en el que los protagonistas aguantan una lluvia de balas cercados por montones de basura comprimida. El plato fuerte del film son sin duda todos esos momentos en los que el tiempo se detiene y las leyes de la física y la lógica abandonan la pantalla. Las pistolas disparan cientos de descargas sin detenerse, las balas pasan rozando a los actores una y otra vez y todo se convierte en una hipnótica coreografía de percutores y gatillos. Lo cierto es que son tantas que pueden acabar cansando. Sobra mucho bullet time y faltan escenas como esa en la que el Costello cocina para sus sicarios o compite con ellos a ver quién es el más rápido montando el arma.

    Dejando a un lado su estilizada violencia, Vengeance es una película indudablemente mediocre a la que le falta profundidad y sobra metraje. Si alguien ha querido ver en ella un acercamiento al Polar francés no podía estar más equivocado porque lo cierto es que se emparienta más con Takeshi Kitano que con Jean-Pierre Melville. Se deja ver pero a nadie le temblará el pulso a la hora de decir que el nuevo trabajo de Johnnie To no está a la altura de las grandes obras del director como Exiled o Election. Más allá de la filosofía que invade la propuesta uno puede llegar incluso a cuestionarse si esta obsesión por el formalismo no esconde en realidad una alarmante falta de entretenimiento. El suyo es un cine made in Hong Kong mucho más académico de lo habitual pero también menos ocurrente. Quizás Hard Boiled fuera peor película que esta pero sin duda también era más divertida.
Keichi