Tuesday, February 1, 2011

El día en el que Dios se fue de Viaje (Le jour ou dieu est parti en voyage)

Valoración: 6/10

    Le jour ou dieu est parti en voyage
    El Infierno en Ruanda


    Comencemos esta reseña con una necesaria contextualización histórica: En 1994, en medio de un clima social cada vez más crispado, facciones radicales de la etnia hutu masacraron a 800.000 civiles ruandeses en la que es una de las mayores tragedias humanas de la historia moderna. El género documental ha abordado en numerosas ocasiones aquellos eventos pero, repitiendo la indiferencia internacional que los rodeó en su momento, el cine de ficción no ha querido profundizar demasiado en aquella matanza. Muy al contrario, el cineasta belga Philippe Van Leeuw -un hombre que ha trabajado con grandes directores del cine francés como Bruno Dumont- aborda ese trágico período a través de su primera película como director.

    Van Leeuw decide exponer la tragedia de los tutsis desde un punto de vista intimista pero no por ello menos cáustico. El contexto histórico y político del genocidio de Ruanda queda relegado al olvido en favor de los dramas personales de los supervivientes. En éste caso se trata del de Jacqueline, una joven tutsi que trabaja de niñera en la casa de una familia belga cuando estalla la masacre. Escondida en la buhardilla de la residencia, Jacqueline consigue escapar a los asaltantes solo para encontrarse con que sus dos hijos han sido asesinados. Huyendo a la espesura de la selva la mujer se topa con otro superviviente gravemente herido.

    El film de Philippe Van Leeuw es una descorazonadora exploración del desaliento, la demencia indiferente que invade a la persona cuando ya no le queda absolutamente nada. Da la impresión de que la protagonista de la historia se esfuerce en sobrevivir por puro instinto animal, relegada su condición humana a un segundo plano. Así, asistimos a una especie de regresión evolutiva a las necesidades básicas del ser humano (el sexo al calor de la hoguera, el hombre con la lanza en la mano en busca de alimento) que solo deja paso a la más absoluta locura. La selva de la película es un verdadero laberinto de dolor cuya única salida es la muerte.

    Para escenificar toda esta decadencia el director recurre al plano fijo, retratando a los asesinos desde la distancia pero acercando a un tiempo la cámara al rostro de su víctima. Tan solo en un par de escenas se permite Van Leeuw acelerar la acción mediante mecanismos diferentes, en ese comienzo soberbio con la protagonista escondida mientras se escuchan las voces de los invasores y en esa otra escena de persecución completamente desquiciada por la espesura machete en mano. Durante el resto del metraje la cámara prefiere detener su mirada en la vegetación de una jungla cuya espesura no deja ver el cielo.

    Siguiendo con la tónica intimista, Le jour ou dieu est parti en voyage solo recurre a dos personajes para contar su tragedia. Ruth Nirere se encarga con solvencia de dar vida a Jacqueline mientras que Afazi Dewaele suscribe su presencia a la del papel secundario. A la actriz principal le viene un poco grande el rol protagonista pero sus enormes ojos desprovistos de luz indican que ha sabido interiorizar a la perfección la desesperación inerte de su personaje bañado en sangre, lágrimas, orina y barro. El intento de suicidio en el agua que en un principio se había convertido en su salvación es solo el preludio a esa otra solución final, ese abandono a la suerte de una persona que termina por convertirse en un auténtico muerto viviente.

    Quién sabe qué formas de exteriorizar el horror ingeniarían los propios supervivientes de las masacres africanas de poder hacerlo en forma de celuloide. Mientras África no pueda filmar sus propias historias deberán de ser directores comprometidos con sus dramas como Philippe Van Leeuw quienes lo hagan por ellos. A su opera prima le falta cierta contundencia pero no cabe duda de que ha sabido hacer llegar al espectador el infierno de Ruanda a través de un film pequeño y loable en su denuncia. Quizás sea ese magnífico plano de la protagonista con el crucifijo puesto del revés sobre la frente el que mejor resume el angustioso mensaje de su película. Dios se ha marchado de viaje: En su ausencia todo es muerte.
Keichi

Destino: Woodstock (Taking Woodstock)


Valoración: 8/10

    Taking Woodstock
    Viaje al centro del universo


    Si tuviésemos que escoger un adjetivo para definir el cine de Ang Lee, la palabra adecuada sería probablemente versátil. Desde que se estrenara en el mundo del largometraje con Manos que empujan, allá por 1992, el director taiwanés ha sabido llevar a buen puerto proyectos radicalmente dispares. Y es que, más allá de un montaje soberbio, nada tienen en común películas como La tormenta de hielo, Tigre y Dragón, Hulk, Brokeback Mountain o Deseo, Peligro. De hecho, resulta imposible adivinar con qué nueva historia nos sorprenderá Ang Lee después de ofrecernos esta visión optimista y nostálgica del evento que puso fina toda una época de pacifismo y buen rollo.

    Verano de 1969. Forzado a abandonar una malograda carrera como decorador, Eliot malgasta su juventud y su talento tratando de sacar adelante el ruinoso motel de sus padres. El destino cambiará su vida y la de muchos otros cuando consiga traer a su rural White Lake el mayor festival de música de todos los tiempos. Tras la llegada de los organizadores y el comienzo de los preparativos, una oleada de personas comienza a invadir la zona transformando todo a su paso. Éste argumento sirve de excusa al director para embarcarnos en un viaje exento de valoraciones morales sobre una generación cuyos ideales llegaron a su máximo apogeo con Woodstock.

    Al guión de James Schamus -basado en la novela autobiográfica del propio Elliot Tiber y Tom Monte- no le interesa indagar en el fenómeno de la contracultura o sus connotaciones socio-políticas ni en las actuaciones de Janis Joplin, los Grateful Dead o The Who. Por no enseñar, no aparece ninguna imagen del concierto propiamente dicho a excepción de unos difuminados segundos. Muy al contrario, el retrato de la cultura hippie se aborda a través sus pequeñas historias, anécdotas y personajes anónimos. Y a buena fe que consigue dar una idea de lo que fue y simbolizó Woodstock por aquel entonces. Esos tres días de paz y música aparecen perfectamente descritos en una comedia con momentos verdaderamente hilarantes que además sobrevuela temas representativos del movimiento hippie como la sexualidad, el materialismo o el auto-descubrimiento.

    El actor Demetri Martin ejerce correctamente de hilo conductor de la historia y hace las veces de observador de los acontecimientos pero no es el encargado de hacer reír al personal. Aunque los antagónicos padres del protagonista a los que dan vida Henry Goodman y una fabulosa Imelda Staunton dan mucho juego, son personajes como el excombatiente de Vietnam traumatizado, los actores de vanguardia nudistas o la désternillante Vilma -encontramos aquí a secundarios de lujo como Eugene Levy, Liev Schreiber, Emile Hirsch, Jonathan Groff o Dan Fogler- los que los que terminan de enamorar al espectador con sus excentricidades entrañables. A destacar ese viaje alucinógeno del protagonista con Paul Dano y Kelli Garner en el interior de la furgoneta que acaba en un mar de olas humanas que emanan del escenario, probablemente la escena más sorprendente y memorable de toda la película.

    La ambientación del film está cuidada al milímetro, desde el pequeño detalle hasta ese soberbio plano al ralentí con cientos de extras dirigiéndose hacia el concierto por la carretera. Aunque hayan pasado cuarenta años, tenemos la plena sensación de estar allí. No solo se trata del atrezzo, porque para recrear toda la estética del Flower Power de finales de los sesenta también se intercalan algunas escenas rodadas en Súper 8 e incluso se utilizan pantallas partidas en clara referencia al famoso documental de Michael Wadleigh. Evidentemente, no se podía dejar pasar de largo un recurso tan necesario como la música de The Doors, Jefferson Airplane, Richie Havens y otras formaciones representativas de los sesenta, pero la película también sabe dejar espacio a la curiosa banda sonora del polifacético Danny Elfman.

    Uno debe descubrise ante el talento de Ang Lee, que aún habiendo sido educado en Estados Unidos sabe retratar maravillosamente una época que no conoció de primera mano. Seguramente habrá quien piense que Taking Woodstock es demasiado difusa al esbozar sus pequeñas pinceladas dramáticas o la considere una obra menor del director por el simple hecho de no querer profundizar demasiado en el universo que retrata, pero es precisamente esa luminosa falta de pretensiones lo que la convierte en una película maravillosa. Nada más verla a uno le entran ganas de despelotarse, pintarse un símbolo de la paz en la frente y echarse unos canutos a la salud del mismísimo Jimi Hendrix.
Keichi

Vengeance


Valoración: 6/10

    Vengeance
    Venganza sin memoria


    Un espectador no iniciado en materia podría pensar que Vengeance es la enésima producción heredera de la escuela de John Woo. ¿En qué difieren exactamente los films de Johnnie To respecto del resto de películas chinas de acción? Pues básicamente en que, más que en la pirotecnia, To está interesado en capturar la violencia a través del estilismo. El propio realizador ha asegurado en numerosas ocasiones que nunca ha querido convertir esa violencia suya en poesía tal y como hace su colega Quentin Tarantino. Lo cierto es que hay una cierta épica en sus tiroteos, pero su clave está en las formas más que en el fondo.

    Así, Vengeance cuenta la historia de un cocinero francés de dudoso pasado obsesionado con acabar con los asesinos de su única familia. Da la impresión de que a Johnnie To y su colaborador habitual Wai Ka Fai les da un poco igual lo que están contando siempre que sirva para ejercitar su habitual estilo cinematográfico. Eso explica las continuas incongruencias de un argumento que es una mera excusa para enzarzarse en una ensalada de tiros tras otra. Mejor no darle demasiadas vueltas a la facilidad con la que los mercenarios dan con los responsables del asesinato en Macau o la rapidez con la que la bala alojada en el cerebro del protagonista comienza a debilitar su memoria. Las fotografías de los aliados, el nombre del objetivo grabado en la pistola… ¿De qué sirve la venganza cuando uno no puede recordar de dónde proviene?

    Las interpretaciones tampoco importan demasiado en una película en la que los personajes son asesinos de honor condenados a sonreír antes de caer en mitad del duelo. El emblemático cantante francés Johnny Hallyday queda perfectamente caricaturizado en un papel que en un principio estaba destinado nada más y nada menos que a Alain Delon. No importa que Hallyday sea incapaz de mover dos músculos de la cara al mismo tiempo porque al igual que pasaba con actores como Charlton Heston (otro intérprete de piedra) aquí lo que cuenta es la presencia y eso le sobra. El entrañable trío formado por Anthony Wong, Suet Lam y Lam Ka Tung, todos ellos habituales del director, también funciona y lo mismo puede decirse del arquetípico malvado interpretado por Simon Yam.

    To deja patente su maestría en el brutal prólogo -digno del mismísimo Sam Peckinpah- que abre la película y en toda esa galería de tiroteos que van desde la carrera al ralentí a la cambiante luz de luna a un espectáculo de feria con esencia de Wéstern en el que los protagonistas aguantan una lluvia de balas cercados por montones de basura comprimida. El plato fuerte del film son sin duda todos esos momentos en los que el tiempo se detiene y las leyes de la física y la lógica abandonan la pantalla. Las pistolas disparan cientos de descargas sin detenerse, las balas pasan rozando a los actores una y otra vez y todo se convierte en una hipnótica coreografía de percutores y gatillos. Lo cierto es que son tantas que pueden acabar cansando. Sobra mucho bullet time y faltan escenas como esa en la que el Costello cocina para sus sicarios o compite con ellos a ver quién es el más rápido montando el arma.

    Dejando a un lado su estilizada violencia, Vengeance es una película indudablemente mediocre a la que le falta profundidad y sobra metraje. Si alguien ha querido ver en ella un acercamiento al Polar francés no podía estar más equivocado porque lo cierto es que se emparienta más con Takeshi Kitano que con Jean-Pierre Melville. Se deja ver pero a nadie le temblará el pulso a la hora de decir que el nuevo trabajo de Johnnie To no está a la altura de las grandes obras del director como Exiled o Election. Más allá de la filosofía que invade la propuesta uno puede llegar incluso a cuestionarse si esta obsesión por el formalismo no esconde en realidad una alarmante falta de entretenimiento. El suyo es un cine made in Hong Kong mucho más académico de lo habitual pero también menos ocurrente. Quizás Hard Boiled fuera peor película que esta pero sin duda también era más divertida.
Keichi

Yuki & Nina


Valoración: 6/10

    Yuki & Nina
    Murakami mon amour

    Francia y Japón: Dos culturas separadas por la distancia a las que une un vínculo amoroso. En las últimas décadas ambos países han mantenido una relación de mutua fascinación, reciprocidad que ha dado unos cuantos frutos notables en el terreno cinematográfico. Nobuhiro Suwa es con mucho uno de los cineastas japoneses modernos que más ha cultivado éste contacto con el país galo. No es casualidad que fuera él quien volviera a revisitar un película tan emblemática en éste campo como lo es Hiroshima mon amour. En esta ocasión Suwa se ha alíado con el actor Hippolyte Girardot -al que ya dirigió en su fragmento de la ecléctica Paris je t'aime- para narrarnos una pequeña historia sobre el destino de dos niñas.

    Noë Sampy y Arielle Moutel dan vida a Yuki y Nina, dos amigas inseparables que ven peligrar su relación cuando los padres de Yuki (Tsuyu Shimizu y el propio Girardot) deciden separarse. Las pequeñas idearán entonces diversos planes con el fin de evitar que Yuki se vaya con su madre a Japón. El gran problema del film es que durante gran parte del metraje no ocurre absolutamente nada más. El realizador de H Story parece haber heredado de Resnais un gusto por la pausa que sumar al tradicional afán contemplativo del cine japonés. Suwa capta a la perfección la cotidianeidad de las dos pequeñas en sus juegos, discusiones e inventivas y no se puede negar el fantástico naturalismo que impregna toda su película, pero no es menos cierto que otros autores han conseguido retratar estos temas de un modo menos tedioso. Ahí queda como amargo recordatorio el Dare mo shiranai de su compatriota Hirokazu Koreeda, un film igualmente suspendido, rodado casi en clave documental, pero que sin embargo no arrastra tras de si la misma lacra.

    Es en el último tramo, cuando el espectador poco paciente ha perdido ya casi todo el interés, cuando la película se adentra en un terreno diferente. La catarsis de Yuki en su viaje a través de la naturaleza nos adentra en un universo imaginativo en el que la historia encuentra por fin su metáfora. La figura del bosque, profundamente enraizada en la cultura japonesa, asume una función de puerta a otro mundo en el que pasado y futuro se fusionan. Es un viaje iniciático hacia otra realidad del cual la protagonista vuelve cambiada, asumiendo que existe otra vida posible en ese destino que tanto ha rehuido. Encontramos aquí la sombra de muchas producciones niponas tales como la animada Heisei tanuki gassen pompoko de Isao Takahata, El bosque del luto de Naomi Kawase y sobre todo un poderoso eco a Haruki Murakami y su novela Kafka en la orilla.

    Uno entiende perfectamente por qué esta película en clave de arte y ensayo camuflado ha gustado tanto en la Quincena de los Realizadores de Cannes. El tándem Suwa & Girardot ha cristalizado en un rodaje a medio camino entre dos continentes libre de ataduras y completamente atípico. En éste ambiente de improvisación la autoría del film se diluye, aunque podemos conjeturar perfectamente quién se ha encargado de cada cosa. La cinematografía hiperrealista del film acerca la cámara a la altura de las niñas protagonistas, recurriendo siempre a una fotografía en extremo nítida y usando planos fijos que dejan en última instancia al silencio como narrador. Solo en el tramo del bosque se permite el director jugar con el estilismo lírico propio de su nacionalidad.

    Resultará difícil encontrar una salida comercial a ésta película más allá de los festivales internacionales y las escuelas de cine. Como toda obra experimental, Yuki & Nina es una propuesta que ha de verse necesariamente con un espíritu abierto ya que su narrativa congelada no es apta para todo el mundo. Aunque interesante, el trabajo de Suwa y Girardot plantea una mixtura de culturas y autores no del todo bien resuelta que hubiera funcionado mucho mejor en forma de corto. Y es que el aburrimiento en el cine siempre ha de tener una buena excusa detrás. En éste caso, la de la experimentación no es suficiente.
Keichi

Yo, También


Valoración: 6/10           

    Yo, también
    Y nosotros tampoco

    Dejemos las cosas claras: No seré yo quien diga que en España solo sabemos hacer películas sobre prostitutas, mujeres maltratadas, toxicómanos y discapacitados, pero es innegable que al cine español no le sobran ideas. Lo cierto es que resulta muy complicado defender la originalidad temática en un panorama copado una y mil veces por un cine social que generalmente tiene mucho más de drama que de denuncia. Aunque habrá quien piense que en éste campo nuestro cine tiene un público fiel y se mueve como pez en el agua, toda producción española de éste tipo parte en clara desventaja.

    El protagonista de Yo, también es Daniel, un chaval que tiene el honor de ser el primer licenciado con Síndrome de Down del país -tanto en la vida real como en la ficción- y que afronta su primer trabajo en un puesto de funcionario. Si Daniel es una persona discapacitada pero intelectualmente lúcida (y de qué manera) su compañera Laura adolece de una verdadera discapacidad emocional. Incapaz de poner en orden su corazón y su vida personal, Laura encontrará en Daniel un fiel confidente, aunque evidentemente termine despertando en él algo mucho más profundo que la amistad.

    Desde sus inicios en el mundo del cortometraje, Álvaro Pastor y Antonio Naharro han mostrado una fuerte implicación personal con las personas afectadas con Síndrome de Down. La primera virtud de Yo, también es que no es una producción oportunista y eso se deja notar en el resultado. La película está interesada en hacernos reflexionar sobre los tabúes de la sexualidad en los deficientes mentales, en la realidad de esos bailarines que no son niños en absoluto y que también sufren, aman y follan. Eso explica la singularidad de un guión más interesado en el humor que en el drama pero que no descuida en absoluto el elemento concienciador. En otras manos una historia de éste tipo podía haber caído fácilmente en el espectro lacrimógeno pero la película decide ahorramos éste apartado, ayudando además a la normalización de lo que está contando.

    Sin alardes ni excesos, los directores recurren a una cámara nerviosa y a la fotografía pálida habitual de éste tipo de producciones, dejando el protagonismo a los actores. Aunque la película malgasta parte de su metraje en historias secundarias sin mayor interés -sobre todo el drama familiar de Laura- también nos deja con algunas escenas notables como la del burdel o esa en la que la madre del protagonista se disculpa por haber contribuido a un desarrollo intelectual que a la larga solamente conduce a la frustración. Como fan declarado del compositor Guille Milkyway no puedo sino celebrar la curiosa selección de música indie (el término le viene que ni pintado a la película) que suena a lo largo del film, tema de La Casa Azul y rumba al estilo naif pop incluidos.

    La película no funcionaría de no ser por sus dos intérpretes principales. Las dos Conchas de Plata obtenidas por Lola Dueñas y Pablo Pineda en el Festival de Cine de San Sebastián frente a verdaderos monstruos como Robert Duval o Ricardo Darín han generado demasiada polémica como para no pronunciarse al respecto. De Lola Dueñas sobran todas las opiniones que pongan en duda su calidad como actriz, una de las mejores del panorama nacional. En cuanto a Pineda, el sevillano firma una primera interpretación muy meritoria dando vida a un personaje con el que comparte gran parte de su historia personal. Colegueos y simpatías aparte, un galardón ampliamente merecido, aunque se puedan objetar ciertas pegas a su papel. Dejaremos en simpáticos a los secundarios, entre los que encontramos a uno de los directores.

    La ópera prima de Álvaro Pastor y Antonio Naharro está llamada a convertirse en uno de los fenómenos cinematográficos nacionales del año. No le sobran motivos por haber sabido tratar un tema delicado con una sensibilidad fuera de toda duda a través de una película que dice sí al humor sencillo y entrañable frente a la lágrima fácil. Ante todo, la historia de Laura y Daniel nos llega. Es una lástima que más allá de ese adentramiento en las raíces de la discriminación mediante una historia de amor sin referentes todo termine en el final agridulce acostumbrado. Y ahí está precisamente la gran pega de Yo, también. A pesar de que en ésta película el drama social está diluido en unas buenas dosis de carcajadas, sigue siendo más de lo mismo.
Enoch  

Los Condenados


Valoración: 8/10

    Los condenados
    En la prisión del pasado

    Isaki Lacuesta es un realizador independiente que ya atrajo la atención de la crítica con sus documentales Cravan versus Cravan y La leyenda del tiempo, un joven inquieto que ha participado en proyectos junto a gente tan reputada como la japonesa Naomi Kawase. En esta ocasión el director cambia de tercio con una película de ficción sobre dos antiguos guerrilleros dispuestos a encontrar el cadáver de un compañero caído en combate treinta años atrás. Raúl y Martín no son los únicos en participar en la excavación pues también se les une la familia del desaparecido. A medida que pasan los días, el pasado regresa con fuerza a un rincón de la jungla en el que aún parecen resonar los ecos de los disparos, aunque más que en la espesura lo hagan en la cabeza de los protagonistas.

    La película de Lacuesta está claramente influenciada por su carrera documentalista. No hay apenas simbolismo en esas imágenes selváticas ni se quiere abusar del entorno natural más allá del retrato. Lo cierto es que la técnica documental aplicada a la ficción tiene aquí un claro propósito y es el de buscar la imparcialidad para que sea el espectador el que entre a valorar la historia que se le cuenta. El film no se posiciona sobre el verdadero valor de los ideales, el deber por encima de la amistad o la traición en tiempos de guerra, sino que somos nosotros los que tenemos que entrar en cuestiones nada fáciles sobre el concepto del héroe en la lucha armada. Es todo un acierto si se piensa que los mensajes del film son universales, de ahí que la referencia al conflicto vasco no sea casual. De hecho, en ningún momento llegamos a saber exactamente en qué lugar estamos situados, aunque el acento argentino de los actores los delata.

    Resulta sorprendente que Lacuesta haya sabido hacer suyos temas puramente latinoamericanos, un continente cuyo cine ha quedado irremisiblemente marcado por un pasado de dictaduras y contiendas civiles. El ejemplo más claro es el de la visión de todos estos hechos desde la perspectiva de las nuevas generaciones, una preocupación que podíamos ver por ejemplo en la fantástica Calle Santa Fé, de la chilena y también documentalista Carmen Castillo. Hay mucho de ese choque generacional en Los condenados, la decepción de unos luchadores que después de tanto defender sus ideales se encuentran con unos jóvenes divididos entre los que sienten una total desgana por el pasado y los que juegan a ser soldados revolucionarios armados con camisetas del Ché Guevara.

    A destacar todo el reparto, intérpretes de miradas poderosas y resonantes capitaneados por un fantástico Daniel Fanego (Luna de Avellaneda) y unos solventes Arturo Gotees, y Leonor Manso, rostros ajados y amargados por la culpabilidad o el rencor pero que a veces encuentran un pequeño momento para emborracharse y mirar hacia atrás con nostalgia. En el plano técnico, además de las citadas tomas paisajísticas y una cuidada fotografía, merece la pena hablar del estupendo trabajo realizado por los técnicos del equipo de sonido. Se ha hecho especial hincapié en los ruidos opresivos de la selva a los que imita por momentos la música de Gerard Gil y que contribuyen a crear una atmósfera claustrofóbica e incluso amenazante.

    Quizás haya espectadores que consideren a Los condenados un film sin un desenlace concreto. ¿Adónde conduce tanta reflexión? La película no nos lo explica ni falta que hace. El plano de la jungla que se va cubriendo de niebla, ese abandono final del protagonista a la condena, al pasado que no se puede cambiar y que le perseguirá hasta la muerte, lo resume todo. Perfecto cierre para una película profunda, intensa e interesante en sus reflexiones que se desprende por completo de las etiquetas del cine nacional. Merecidísimo premio FIPRESCI otorgado en el Festival de Cine de San Sebastián. Habrá que seguir con atención la trayectoria de éste magnífico realizador con los ojos puestos en la inmensidad del mundo. Una vez más, parece que España tiene que volverse hacia Latinoamérica para -nunca mejor dicho- desenterrar viejos fantasmas.
Keichi

Haciendo planes para Lena (Non ma fille, tu n'iras pas danser)

Valoración: 4/10

    Making plans for Lena
    Crónica de la infelicidad

    Hay películas que se mantienen en la memoria del espectador por ser una verdadera tomadura de pelo. Precisamente, el año pasado Christophe Honoré levantó una airada polémica en el Festival de Cine de San Sebastián con la artificialidad de La belle persone. Lejos de amilanarse ante las críticas, el realizador galo regresa a Donostia con un nuevo trabajo bajo el brazo. En esta ocasión el director de Les chansons d´amour o Dans Paris cambia la teatralidad de sus amores de instituto por un drama familiar a la francesa mucho más sobrio pero igualmente pretencioso en sus reflexiones. Veamos si ha conseguido superarse.

    Chiara Mastroianni da vida a Lena, una mujer que cuida de sus hijos tras separarse de su marido. Lo que prometía ser una agradable reunión familiar en la bucólica Bretaña pronto se convierte en una encerrona cuando Lena descubre que sus padres también han invitado a su ex pareja al encuentro. Desde su mismo comienzo, podría decirse que Making plans for Lena -Non ma fille, tu n'iras pas danser en el original francés- es una crónica de la infelicidad, un retrato exasperante de una mujer eternamente amargada, un ser inestable incapaz de amar a los demás y mucho menos a si misma al que le cuesta tanto trabajo hacerse cargo de sus hijos como de un pajarillo herido.

    El film de Honoré está dividido en dos partes. El tramo de Bretaña es sin duda el mejor de la película. El director sabe presentar a los personajes y hacernos comprender los especiales vínculos que les unen. El carácter contradictorio de Lena queda reflejado en las palabras hirientes que cada miembro de la familia deja caer constantemente pero que no empañan sus pequeños gestos de amor. Por desgracia, cuando la historia regresa a Paris y se centra exclusivamente en la protagonista, cambiando los paisajes naturales por unas habitaciones cerradas y grises, el ritmo se resiente irremediablemente. Entre una y otra parte Honoré tiene el descaro de colocarnos una alargadísima pieza de danza y folklore bretón so pretexto de retratar una leyenda tradicional cuya metáfora es insoportablemente presuntuosa. ¿Realmente era necesario usar éste recurso para darnos a entender que la protagonista destruye todo lo que quiere?

    La película apuesta por una dirección sobria que sabe hacer un buen uso de la fotografía y dejar que sean los actores los que conduzcan el relato. La hija de Marcello Mastroianni y Catherine Deneuve da todo un recital interpretativo recreando a un personaje desquiciante hasta la extenuación con su mirada nerviosa, su deambular indeciso y sus lágrimas. También resultan reseñables los trabajos de Marie-Christine Barrault y Fred Ulysse como el matrimonio de ancianos que no han renunciado al amor en el ocaso de sus vidas. Marina Fois y Jean-Marc Barr también convencen. El director aprovecha la coyuntura para colar en el reparto a su hermano (Julien Honoré) y su pareja (Alice Butaud), aunque tampoco se nota demasiado. Por descontado, Louis Garrel también tiene su momento de gloria, aunque sigue firmando un papel igual de frío que en sus anteriores trabajos junto a Honoré, una habitualidad que no encuentra justificación más allá de su apellido.

    Llegado el momento de hacer balance uno se encuentra con un buen planteamiento inicial y unas excelentes interpretaciones. Aunque para muchos pasará desapercibida, también hay detrás una buena banda sonora del compositor Alex Beaupain, acompañada en el final por un tema de Antony and the Johnsons al más puro estilo Isabel Coixet. En contra tenemos una película tremendamente difusa en sus planteamientos cuyo interés va de más a menos, empujado por unos personajes a los que no comprendemos y por sus pretensiones reflexivas sobre las responsabilidades de la mujer actual en una nueva burguesía francesa en la que los hijos heredan todo el mal de sus padres.

    Christophe Honoré deja claro que sigue siendo un listillo al que le gusta considerarse heredero de Truffaut o Louis Maille en sus intentos continuistas con las tesis de la Nouvelle Vague. En cierto modo Making plans for Lena es también una crónica del estancamiento del cine francés en una serie de temáticas demasiado explotadas -sin ir más lejos, Las horas del verano de Olivier Assayas o Conte de Noël de Arnaud Desplechin, también con Chiara Mastroianni como protagonista- y en las que más que el contenido prima la figura del “auteur”. En esta ocasión su pedantería se soporta por poco. Seguro que a los del Cahiers du Cinemá les encanta.
Keichi